I
Piedras y más piedras
El encuentro entre el ladrón y la princesa
Un libro sin nombre fue encontrado en unas ruinas,
cuenta que existe un cielo iluminado con dos lunas.
Una tierra ocupada por dos arrogantes imperios,
envueltos en secretos e innumerables misterios.
Este texto habla de poderosas magias olvidadas,
traiciones y conflictos en un cuento de hadas,
un joven afortunado que demuestra su valía,
y que espera ansioso, a que llegue el gran día…
La sombra de aquél peral hacía demasiado plácida la siesta de Mermes, y éste, sin darse cuenta, estaba perdiendo posibles víctimas. Acababan de pasar por el camino que “vigilaba” unos mercaderes de Terriershire, probablemente cargados con el resto de provisiones que les habían sobrado de su viaje.
Y allí estaba Mermes, holgazaneando debajo de un peral con la panza bien llena después de haberse atiborrado de los frutos de aquél árbol.
En esto que entre ronquido y ronquido, un cardenal descubrió el peral que se había agenciado Mermes, y con su pequeño pero incansable pico, empezó a picotear el vástago de una de aquellas frutas. La pequeña rama pronto cedió y una pera se precipitó al vacío.
- ¡Aaaaaah! – gritó Mermes con un gran susto.
El cardenal huyó aterrorizado por el potente grito y Mermes se volvió a quedar solo en la sombra del peral; con la mano en el pómulo y maldiciendo lo que fuera que había provocado la caída de la fruta.
El apuesto pícaro se levantó venciendo la modorra y la pereza que le tenían sucumbido, deshizo la almohada que había improvisado con su capa, se aseguró de que su daga siguiera en la vaina y que el brebaje somnífero siguiera en la pequeña botella.
Una vez comprobó que todo estaba en orden, Mermes se calzó con sus sandalias personalizadas con unas alas formadas por las plumas que los cardenales emplumados dejaban cerca de casa, miró al horizonte y se percató de que llegaba alguien.
- Disculpe, buen hombre - dijo el ambulante – ¿Queda cerca la ciudad de Nalú?
- Está usted a media hora, pero hasta las siete no podrá entrar a la ciudad.
- ¿Cómo? ¿Y a qué se debe esto?
- Verá forastero, últimamente acuden muchas personas a Nalú en busca de trabajo en los campos y demás oficios rurales. Por orden del rey Jamus sólo se puede entrar a la ciudad cada tres horas, siempre y cuando se presente la autorización necesaria.
- ¿Autorización? Vaya… ¡pues no tenía yo ni idea…!
- Es usted un mercader de Terriershire, ¿verdad? Mire, yo tengo una autorización de un vendedor ambulante que ha tenido una fuerte fiebre y no ha podido venir.
- ¿Cuánto pide por ella? – ha preguntado el extranjero, que al parecer debía tener mercancía importante.
- Oh, vamos, ¡a un amigo no le pediría nada!
- Qué quiere decir… ¿que me la regala? – preguntó el hombre que no acababa de entender a Mermes.
- Tiene usted tres horas de tiempo libre… siéntese aquí y echemos unas cartas y unos tragos, hombre. ¡Bienvenido a Yorkshire!
El vendedor, que Polo se llamaba, accedió a continuar, sin saberlo, el plan de Mermes. Entre risas y cartas, Polo bebió una y otra vez de la botella con somnífero mientras que Mermes de la de agua lo hacía.
A los veinte minutos, el vendedor ambulante quedó dormido, lo que permitía a Mermes acariciar el éxito de su plan.
El joven bandido desmontó la saca de Polo y comprobó si llevaba algo aprovechable. Al parecer, Polo era un vendedor de objetos musicales: liras, flautas, batutas, y hasta partituras. Para Mermes, ese robo (o incursión, como él lo llamaba) parecía avocada al fracaso, así que cogió al vendedor en brazos y lo apoyó en el peral para que pareciese que estuviera haciendo una cabezadita.
En cuanto Hermes le pegaba un último repaso a las ropas que llevaba Polo, se dio cuenta de que tenía un bulto extraño en mitad del pecho. El pícaro metió la mano en el busto del mercader, del que extrajo una preciosa joya de color azul celeste.
- Muchas gracias, amigo Polo, me has alegrado el día.
Polo gruñó algo, quizás en sueños, quizás despierto, pero asustó tanto a Mermes que se fue corriendo hacia Nalú. Nervo, el estudiante de Mágicas Artes que vive con Mermes, había hecho unos experimentos con alas de cardenal para conseguir que los zapatos de Mermes (que fueron, a partir de entonces, su bien más preciado) le dieran mayor velocidad.
Nalú es en estos tiempos la capital de Yorkshire. Las calles de la ciudad están pobladas mayormente por rudos campesinos y mercaderes oportunistas que buscan el la ciudad un sitio para vender sus mercancías lejanas o no lejanas.
Durante el día, el castillo del rey Jamus hace sombra a la ciudad, con sus ostentosas formas, sus decenas de vigías y con sus banderas hondeando al vento. Durante la noche,
De camino a casa, Mermes vio como uno de los cuatro sabios del rey Jamus daba una conferencia en la plaza mayor. Siguiendo los consejos de Nervo, se acercó a él para aprender algo y tener más cultura.
- Esto que os traigo hoy es una creación de invención propia…
- ¡Oh! – decía, asombrada, la muchedumbre.
- Recibe el nombre de piedra incandescente. Ahora mismo, es una piedra normal y corriente con un Sol grabado, pero que si yo digo… ¡Luz!
- ¡Ooooooh! – exclamaba el gentío al unísono. – ¡Ilumina!
Mermes, estaba tan sorprendido como los demás asistentes, pero por su cabeza no pasaban las mismas preguntas que las que acudían a los boquiabiertos espectadores.
Su picaresca mente estaba tratando de buscar un modo de acceder a las pertinencias del sabio, que siendo uno de los cuatro consejeros reales, seguro que eran posesiones de mucho valor.
- Lo curioso de esta piedra es que ha sido dotada con la capacidad de recibir las órdenes de quién se las dé. Lo comprobaréis enseguida. ¿Un voluntario?
- ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo! – dijo Mermes, que vio en ello una oportunidad de oro para acercarse al sabio.
- ¡Que suba el joven de la capa! –ordenó el sabio.
Eran muchos los que había pedido salir voluntarios, pero cuando Mermes veía en algo una buena ocasión de hacer dinero, se volvía increíblemente persuasivo.
Mientras nuestro amigo ladronzuelo se abría paso entre la multitud, observaba de reojo el escenario que tenía montado el sabio. A un lado estaban él y su piedra luminosa, un botín tan precioso como inalcanzable. En el rincón opuesto de la tarima, había unos cuantos libros que, vista la imposibilidad de robar la piedra solar, parecían un tesoro que, a él no, pero a Nervo le haría muy feliz.
- ¿Cómo se llama usted, elegante hombre de fina capa?
- Mi nombre es Mermes, gran sabio.
- ¿Conocías la existencia de esta piedra lumínica?
- La verdad es que no. – dijo tímidamente.
- ¡Claro que no! ¡La he inventado yo! – bromeó el sabio.
Para ser un sabio al servicio real no era nada estirado. La gente parecía muy contenta con su presencia, y se veía que era un personaje público querido.
- Adelante Mermes, diga la palabra mágica.
- ¡Luz!
Como había pasado antes, la gente abrió la boca de par en par y aplaudió ante un espectáculo pintado en matices humorísticos, pero sin duda, con fines didácticos.
- ¡Un aplauso para Mermes! –dijo el sabio a la vez que nuestro amigo el bribón se dirigía hacía la mesa con los libros.
El apuesto pícaro se puso en línea con la mesa y levantó la mano derecha para saludar el público. Hábilmente, levantó también la capa, de modo que su mano izquierda se agenciaba de uno de los libros sin que ni tan siquiera el sabio pudiese darse cuenta.
- ¡Mermes, Mermes! – gritaba, eufórica, una voz familiar. – ¡Ha estado genial, menudo invento!
- Nervo, vamos a casa, venga. – dijo sonriendo el joven ladrón.
- ¿Ahora? – ¡Pero si ahora toca la presentación de sus libros! ¡Son los libros arcanos de la biblioteca real…!
- Por eso mismo nos vamos. –dijo Mermes mientras le alargaba tímidamente un libro titulado “La luminosidad de las piedras”.
- ¿¡Cómo lo has…!? – gritó Nervo tiritando de emoción.
De camino a casa, Mermes le contó a Nervo como se lo había maneado para conseguir el libro. El estudiante de Artes Mágicas, que no cabía en su asombro, le prometió que, como agradecimiento, investigaría en cosas de interés para Mermes.
Por el momento, Mermes tenía en su poder las sandalias emplumadas y los brebajes somníferos.
Nervo, a parte del libro del sabio, llevaba consigo unas ostentosas vestimentas que un día habían sido propiedad de un vendedor ambulante.
- Por cierto, Mermes… ¿Qué tal el somnífero?
- Bueno, ha surgido un efecto muy rápidamente pero el sueño le ha durado poco. Creo…
- Interesante… aumentaré la proporción de calmante y lo diluiré más lentamente entonces. – ¿Y qué tal el botín?
- El mercader vendía chorradas, pero mira que he conseguido. – dijo Mermes, enseñando la piedra azul celeste que llevaba consigo Polo.
- Un topacio azul, sin duda. Es una piedra semi-preciosa, ¡no deberías bajar de las 3000 monedas!
Tan pronto como llegaron a casa, Nervo sacó el libro que llevaba escondido en la saca (saca que, en su día, perteneció al cartero) y empezó a devorarlo.
- ¡Creo que es muy fácil! ¡Tráeme una piedra cualquiera!
Mermes le tiró una piedra del tamaño de una castaña desde el piso de arriba y le preguntó quién hacía la cena ese día. La callada por respuesta indicó que Nervo ya estaba en el sótano haciendo de la suyas. El pícaro se quitó la capa y las ropas y, mientras hervía agua, aprovechó para tomarse un baño.
La casa donde vivían los dos amigos era del abuelo de Mermes, quien llevó la tutela del joven hasta el día de su muerte. Los padres de éste habían muerto durante
En esto que Mermes le robó al estudiante su bolsa de viaje, y mientras el bandido huía, el inexperto mago lanzó una bola de fuego (la que más tarde perfeccionó y llamó bola ígnea) a grito de: ¡Elignis! La esfera roja colisionó contra la espalda de Mermes.
Nervo, asustado por el impacto que le había causado al ladrón, le ofreció ayuda y le curó la quemadura en casa de Mermes. Allí empezó su relación de amistad, una historia que no era la que estaba contando. Estaba explicando como era la casa. Desde fuera, una vieja tabla de madera hacía las veces de puerta. Una vez dentro, la casa se convertía en un salón con cocina. En un rincón, de un agujero en el suelo salían unas escaleras verticales que te llevaban al piso de arriba (que al carecer de pared, tenía vistas al salón) o al sótano. A este último lo habían dividido en dos partes: En una, Nervo podía tener sus potingues varios con los que se pasaba el día experimentando; y en la otra habían montado una especia de gimnasio donde Mermes cultiva su físico y Nervo su magia.
El joven aprendiz de mago no cenó obsesionado con el libro arcano, mientras tanto, Mermes ideaba un discurso con el que vender el topacio por algo más de 2000 monedas y, de paso, hacía ejercicio.
Nervo, tembloroso, interrumpió el entrenamiento de Mermes apagando de repente las velas.
- Encenderé las velas cuando respondas… -¿Qué es lo contrario a oscuridad?
- Mmm… ¿Luz? –preguntó Mermes sorprendido por el extraño comportamiento de su amigo.
- ¿Es una pregunta? No pareces seguro…
- ¡Luz! – gritó mosqueado Mermes.
De repente, de la pequeña piedra acastañada salió una luz potentísima que invadió rápidamente hasta el rincón más recóndito del sótano. Ambos estaban fascinados con aquella pequeña maravilla que emitía un poderoso brillo, según Nervo, modulable dependiendo de la intensidad con la que se decía la palabra “luz”, y que se desactiva si se dice por segunda vez la palabra en cuestión.
Nervo cogió la piedra acastañada con el dibujo del Sol y, con una aguja y unas tiras de cuero, improvisó una pulsera lumínica en cosa de unos segundos.
El joven hurtador se vestía de nuevo con sus ropajes verdes y su capa blanca, se metía la gema llamada topacio en la pequeña saca que llevaba atada al cinto y se calzaba sus sandalias emplumadas. Abrió la puerta con discreción y se percató que un miembro de
- ¡Nervo, corre, sube! – gritó Mermes desde arriba. ¡Necesito que neutralices a un soldado del Ocaso!
- ¿Y si no me sale? ¡Conoces de sobras lo mala que es mi puntería!
- Tu increíble puntería me dejó una cicatriz en la espalda estando a muchísima más distancia que este guardia.
- No lo veo claro… - dijo mientras subía las escaleras verticales – además… ¿me vas a decir que hago tirándole una bola ígnea a un hombre con armadura?
- ¿No me dijiste que a los hombres con armaduras, al ser metálicas, hacen más peligrosa la electricidad, o algo así?
- Si bueno, pero la magia eléctrica es la más imprecisa de todas, por no contar con mi total inexperiencia en el campo de…
- ¡Va! ¡Pruébalo…! – insistió Mermes, interrumpiendo las excusas de Nervo.
- Bueno, lo intento, pero ten la puerta trasera abierta por si tenemos que huir…
Mermes ignoraba totalmente el arte de la magia, pero le fascinaba ver a Nervo, (que rara vez se dejaba ver haciendo magias ofensivas) a sus bolas ígneas y sus rayos eléctricos.
El joven aprendiz subió hasta el piso superior y miró por la ventana que Mermes había abierto para contemplar al miembro del Ocaso.
- Date prisa porque se está acercando, y cuando más cerca esté más fácil te será darle.
- Como no saques más de 3000 monedas por la gema… -dijo el mago receloso.
- Menos cháchara y concéntrate, que ya está aquí el amigo.
Nervo suspiró y acarició su nuez, y mientras murmuraba algo, apuntó con los dos dedos índices unidos al yelmo del guardia del Ocaso que pasaba, en ese preciso instante, por delante de la casa.
Tres, dos, uno…
- ¡Elfulsi! – conjuró Nervo con gran sobriedad.
En el momento en que sonó la palabra, de las yemas de los dedos índices del mago se fue formando aceleradamente una esfera inestable, que en cuanto tomó el tamaño de una manzana, se desintegró y, de esa esfera, salió un rayo que se dirigía, serpenteando por el aire, al guardia.
El brigadero cayó fulminado por el rayo, y un grito de alegría de Mermes hizo devolver el aire al que parecía cada día, mejor mago.
- Creo que me he pasado de potencia… – dijo Nervo mordiéndose el labio - Esperemos que sobreviva.
- Mientras yo voy a vender la joya, te recomiendo que cojas al guardia y lo lleves a una calle cercana, más que nada para que no reconozca desde donde le han atacado.
- Lo siento pero no, de eso te encargas tú. – decía el mago mientras bajaba por la escalera. - Mientras te espero voy a hacer piedras lumínicas de éstas.
Últimamente, la influencia de Mermes estaba causando en Nervo un compartimiento picaresco: Empezaba a usar las magia y la ciencia de la que disponía para asuntos más o menos turbios. Sin embargo, electrocutar a un hombre para huir es algo demasiado fuerte para él. Todavía…
Después de depositar el cuerpo del todavía viviente pero inconsciente vigilante tres calles más abajo, Mermes corrió por las calles evitando los candiles de aquellos guardias que recorrían las calles por la noche en busca de algún desorden.
En más de una ocasión, Mermes tuvo que esconderse entre las callejuelas para no ser descubierto, lo que retraso enormemente su llegada al punto de venta.
- Llegas media hora tarde, Mermes. Espero que traigas algo bueno… Hoy hay luna llena en Nalú. –dijo uno de los comerciantes, que recibía el nombre de Martes.
- Os traigo una delicia del Terriershire. Una joya de las que llevaba el rey Marius en su cetro cuando se proclamó rey de las tierras del Este. Un gema que, según contaba el mercader que me la ha… “regalado”, atraía a la suerte y alejaba a los seres malvados.
- Adelante, ¡muéstranosla! – gritó entusiasmado uno de los comerciantes oportunistas que le esperaban.
- Aquí está. Se llama torpacio azul, pulida y bendecida por los consejeros del antiguo rey de Terriershire.
- ¿Cuánto pides? Dijo Martes, con desprecio.
- Mi amigo Polo me ha dicho que él pediría 6000 monedas, así que el que ofrezca 4000 se la queda.
- Te doy 2500 y me quedo el torpacio, dijo uno de los presentes.
- Yo 3000. –dijo el mercader gordo.- El otro día vendí al fin la bufanda que me proporcionaste, así que seré generoso.
- ¿Nadie sube a más? Dijo Mermes sonriendo, previendo lo que iba a pasar. –Bien, pues se la adjudico a…
- No tan rápido. 3600 y dejamos el tema. – intervino obstinadamente Martes.
A los demás mercaderes pudo colocarles unas medias, un gorro y unas sandalias respectivamente. Ese día hizo caja y se despidió de sus compradores siendo 4000 monedas más rico, sin duda alguna, uno de sus mejores días.
Para llegar a casa, Mermes debía pasar obligatoriamente por
Cuento esto porque esa misma noche, y durante el viaje de ida, Mermes había tenido que sortear a dos guardias en
Nuestro amigo se escondió con maña para estudiar el circuito que recorrían los guardias, pero al cabo de unos minutos, y en la ausencia total de éstos, siguió avanzando por la calle, oculto entre las sombras.
Unos gritos de mujer rompieron el silencio que sepultaba la noche. Mermes pensó que si acudía al rescate de la joven, igual se llevaba una túnica o un accesorio de recompensa. Corrió hacia la callejuela de la que provenía el chillido, y entonces comprendió lo que estaba pasando.
- Encima que vigilamos por tu seguridad… ¿No vas a negarnos-la, verdad?
- Devuélveme eso ahora mismo o…
- ¿O qué? –dijo uno de los dos guardias al tiempo que levantaba un brazo en el objetivo de propinarle una tollina.
- No muevas ni un solo dedo, imbécil. – dijo Mermes desde las sombras.
- Vaya… Un payaso con afán de héroe. Ocúpate de la chica, Iego, que yo me encargo de éste.
Mermes apareció con el rostro encubierto por su camiseta, la capa hondeando al viento y la daga desenvainada. Había estado una situación parecida hacía dos años, y esa vez salió vivo de milagro. Ahora, y tras sus muchos entrenamientos en el sótano, Mermes creía estar preparado para dar su merecido a esos brigaderos que abusaban del poder pretendiendo arrancar el colgante a una pobre muchacha.
- ¿Sabe tu mamá que te dedicas a esto? – se burlaba Mermes.
- ¡Prepárate infeliz!
El vigilante barrió magistralmente el aire con su pica, no obstante, gracias a las habilidades adquiridas por su sandalias, Mermes saltó suficientemente alto como para esquivar el barrido.
El héroe, enmascarado por la camiseta y cuya espalda quedaba cubierta por una larga capa, se abalanzó hacia el brigadero armado con la daga. Con reflejos felinos, el piquero desenvainó su espada del cinto y neutralizó el golpe enemigo. El forcejeo no parecía irle bien a Mermes, pues el hombre de la pica le ganaba, al menos, en fuerza física.
Empotrado en la pared de la callejuela, Mermes estaba a punto de caer rendido ante la mole del Ocaso.
- ¡Cierra los ojos, amigo! –gritó la chica, que contemplaba el enfrentamiento encandilada.
Mermes, sacando fuerzas de flaqueza, confió en la joven muchacha a la que pretendía salvar y, confuso, cerró los ojos. La mujer cogió aire y gritó con todas sus fuerzas:
- ¡Luz!
De la pulsera solar de Mermes salió un potentísimo destello que la chica volvió a desactivar. El guardia se echó las palmas a los ojos mientras maldecía su ceguera, momento que aprovechó Mermes para atravesar el abdomen de aquel brigadero con su daga.
- ¡Nando! – gritó el otro guardia. – ¡Morirás, enano! – dijo mientras corría hacia el buen ladrón.
Mermes había estado ensayando con Nervo una técnica rastrera durante unos días, y según lo que decía el aprendiz de mago, que el enemigo se acercase corriendo era la ocasión perfecta para ponerla a prueba.
Agarrándola por el cuello, Mermes arrojó la capa al tal Iego, que vio frenada su frenética acometida. En esto que en el momento en que el guardia se deshizo de la capa, otra puñalada en la zona abdominal hacía caer al segundo miembro del Ocaso.
- ¿Estás bien? – preguntó el joven ladrón - ¿Te han hecho algo?
- Estoy bien, gracias a ti. – decía mientras reivindicaba el colgante al guardia que se llamaba Nando.
Mermes se vistió de nuevo y enfundó la daga al mismo tiempo que la mujer, que se presentó como Temísena, se subía la capucha.
- ¿Qué hace una chica como tú, sola y callejeando, en mitad de la noche?
- Acompáñame al cementerio y serás recompensado. – le prometió Temísena.
- Qué remedio, si te dejo aquí te volverán a descubrir…
El camino al cementerio era sencillo y mucho menos vigilado que el que frecuentaba Mermes normalmente, así que en pocos minutos se encontraron dentro del cementerio.
Sin previo aviso, aquella chica llamada Temísena cayó al suelo y, echándose las manos a la cara, se quejó de que había terminado el efecto demasiado deprisa. La capucha se le quitó, permitiendo a Mermes contemplar aquel rostro conocido:
- ¡Princesa Arlena! –dijo el ladrón arrodillándose. - ¿Qué ocurre aquí?
- Ha terminado el efecto del jugo de cambio. Perdón por haberte mentido, joven Mermes.
- ¿Qué hace fuera de palacio?
- Tenía asuntos que atender en la ciudad pero mi padre jamás me autorizaría salir de noche, así que me he tomado un jugo de cambio, que por cierto hay que intensificar. Y cuando volvía por la calle Ambición me han descubierto esos dos guardias.
- ¿Y no se ha podido defender? Un amigo mío me contó que las jóvenes descendentes de la corona recibían clases de magia blanca de la mano de los mejores magos del reino.
- Así es, pero el jugo de cambio me niega los poderes esotéricos, aunque me lo ha advertido el sabio Hécates que es mi mentor y me imparte clases de magia. Si no es indiscreción… ¿Me puedes decir de dónde has sacado tú una de sus piedras lumínicas?
- Es una historia muy larga que no puedo contarte ahora mismo.
- Bueno, está bien. ¿Podrías mover por mí esta tumba de aquí?
Mermes, extrañado por la petición de aquella joven princesa, empujó la sepultura que le había indicado. Para su sorpresa, la tumba cedió y dejó entre ver unas escaleras que se perdían en la oscuridad. Arlena le contó a Mermes que su padre había mandado construir una galería subterránea que tenía salida en algunos puntos de la ciudad.
- Bien pensado, me has sido muy útil, Mermes. Creo que puedo confiar en ti… -dudó unos instantes. -Sí, puedo hacerlo: Voy a darte esto para que sigamos en contacto.
- ¿Es el colgante que te querían robar los soldados del Ocaso?
- Correcto. Se llama piedra fónica y cuando sacuda la pequeña perla que hay dentro, la piedra fónica brillará, lo que significará que tengo algo que decirte.
- Impresionante. – dijo Mermes, que todavía estaba asombrado de conocer a la princesa Arlena y todavía más, de que se hubiera ganado su confianza y un regalo.
- Y no le robes ningún otro libro a Hécates, granuja. – ha dicho la princesa, mientras su figura se desvanecía por la oscuridad de las escaleras.
Mermes desapareció entre las sombras con su capa al viento, recorriendo las calles desiertas, pletórico por el hecho de haber conocido a la mujer más bella de todo el reino. Y en su mano, agarrándola fuertemente, la misteriosa piedra fónica: La puerta a un futuro contacto con la preciosa heredera al trono.