V
Viaje al volcán Fulgor.
Los tres búhos y el cráter infernal
El público alaba de su ídolo el valor
y la princesa por dentro, se muere de amor.
El árbol se pudre, el sabio se muere,
Costosa victoria en un día tan célebre.
Los dos tan amigos, viajan al infierno,
Llamas y fuegos, que reinan el averno.
Tres búhos contentos por una simple migaja
Veamos qué es, lo que la suerte les baraja.
- 10.000 monedas al mes. Ni una más. –decía Hécates, después de más de media hora de negociación con Mermes.
- Bueno – suspiró finalmente. Está bien, pero que conste que te hago un precio amigo.
El rey Jamus había consentido que Hécates le comprara el derecho de ser el tutor de la princesa. Arlena había insistido mucho en que quería que el sabio de la luz fuera su maestro, cosa que al rey ya poco le importaba, (siempre sería mejor un sabio que no un ladrón) pero tampoco quería dejar impune al gran Hécates. Así pues, accedió a que el sabio le pagara una cantidad mensual al joven ganador, quién, y como petición de los demás dos sabios, junto a Nervo, tendría acceso a al corte.
De vez en cuando, Mermes tenía algunos momentos a solas con la princesa. A Nervo no le gustaba porque, cada vez que ocurría, después tenía que tragarse la historia de un amor imposible que a él, personalmente, importaba un bledo. Ahora, si su amigo lo pasaba mal, él era capaz de fingir interés por hasta cómo se le formaba a la princesa un hoyuelo al sonreír.
- ¡Me da igual! –gritaba alguien histérico en el pasillo. - ¡Que me lo traigan aquí ahora mismo!
- - Pero excelentísimo… está muy enfermo, déle un tiempo de descanso.
- Mmm… está bien. – refunfuñó. – Pero encuéntrame a alguien competente y de confianza en menos de media hora. De lo contrario, irás tu misma.
Mermes, Nervo y Hécates fueron a qué venía tanta histeria. Aunque agazapados en el umbral de la puerta, el rey vio que asomaban la cabeza y sonrió.
- Los nuevos, venid aquí. – dijo el rey. – Irán ellos – comentó a la sierva. - Llévales al jardín de los esclavos y les cuentas qué tienen que hacer.
Mermes y Nervo siguieron las órdenes de Jamus extrañados. Esa pequeña mujer les puso al corriente de muchas cosas que, como sirvienta de la corte, conocía. En primer lugar, los zugal esclavos. Cómo bien sabían, tras
La señora les contó también que se dirigirían al Volcán Fulgor y que, en el cráter, encontrarían la casa de Temploron, el hombre al que debían reclamar
Tras un buen rato de pasillos y puertas, llegaron al jardín de los esclavos. La sirvienta, en cualidad de humana, gritó:
- ¡A formar, escoria!
Decenas de semi-humanos, se postraron atemorizados ante aquella pequeña figura, tan amable con los dos amigos, y tan detestable con los zugal.
Los examinó a todos y seleccionó a tres. Dos de estos elegidos temblaban de miedo y se abrazaban a uno más grande que fingía no tener miedo.
- Estos tres os llevarán al Volcán Fulgor. En media hora deberíais partir y ni se os ocurra perder la espada. Tiene más valor de lo que podáis llegar a imaginar.
Los tres zugal se sentaron al suelo. Los dos más pequeños se abrazaron al mayor y, de esos enormes ojos, salieron unas lágrimas de desesperación. Angustiados por el panorama, los dos amigos se fueron rápidamente a casa para hacer los preparativos.
- ¿Está muy lejos el Monte Fulgor? – preguntaba Mermes al tiempo que sacaba el pan de la despensa.
- Como a tres o cuatro días andando. ¿Por qué lo dices? – contestaba el mago.
- Porque entonces cojo toda la comida. ¿Digo yo que los zugal también comen, no?
- Me han dado mucha pena. Creo que los tratan muy mal. – siguió Nervo. -Además, los dos pequeños no debían tener más de quince años.
Las dos lunas ya se alzaban en el cielo, lo que indicaba que deberían ir a buscar a los zugal pájaro. Con las sacas a rebosar, los dos amigos se dirigieron a palacio. Como tenían el permiso real no les pusieron pegas, pero para encontrar el jardín de antes tuvieron que preguntar a unas cuantas personas. En uno de los pasillos se encontraron a Eóleas y Hécates, que hablaban, supuestamente, de asuntos del Imperio.
- Gran Hécates, nosotros nos vamos.
- Sí, me he enterado de todo. Es una misión fácil, no la liéis, ¿entendido?
- Oye por cierto… - iniciaba su pregunta el inteligente mago. – ¿Los zugal esclavos a quién pertenecen?
- Al rey, por supuesto. – contestó el sabio de los vientos. – Y por si querías apropiarte de alguno, lo tienes difícil. Nadie ha comprado nunca ninguno y nosotros, los sabios, que disponemos de posibles, tenemos su uso prohibido.
- Ajá, politiqueo y esas cosas. – cortó el mago. – Muy bien. Pues nosotros nos vamos que llegamos tarde.
-
Los dos recaderos doblaron la esquina y siguieron andando por el pasillo. Mermes se detuvo y giró sobre sus talones. Le dijo a Nervo que fuese tirando, que enseguida le atrapaba. Dobló de nuevo la esquina e interrumpió de nuevo la conversación entre los sabios.
- Disculpe, gran Hécates. – dijo muy nervioso el bribón. – Cuando vea a la princesa… ¿podría darle esta carta de mi parte?
- Por supuesto. – dijo el sabio intrigado.
El ladrón se giró de nuevo, tan avergonzado que no podía apartar la vista del suelo. Y entre las incontrolables risas de Eóleas, Mermes dobló fugazmente la esquina. Nervo le esperó en la puerta que finalmente daba al jardín donde estaban los zugal recluidos.
- Buenas tardes, chicos. – dijo sonriente el ladrón.
- Arriba, hijos. Tenemos que irnos ya. – avisó, poniendo prisa a los dos pequeños.
Los zugal y los dos amigos se dirigieron a las afueras de la ciudad para no ser vistos por nadie. Entonces se dieron cuenta
- No es por nada, Nervo, pero… ¿Cómo vamos a surcar los cielos en plena noche?
- No es problema para nosotros. – cortó el zugal mayor. – Somos de la tribu de los búhos; podemos ver de noche. Hasta el Volcán Fulgor, debido a las abruptas montañas, tardarías unos tres días yendo a pie. Nosotros os podemos llevar en unas pocas horas.
- Papá… tengo hambre. – dijo uno de los búhos pequeños.
- Hace mucho que no comemos. – corroboró el otro.
- Coged. – dijo el mago, acercándoosle la saca. – Os hemos traído de todo.
Los zugal no podían creer lo que veían. En la bolsa de Nervo había panes, quesos, mermeladas, melocotones, peras, magdalenas y una longaniza, a disposición, por primera vez desde que fueron esclavizados, de los hambrientos búhos.
- Antes de partir, comamos. – dijo Mermes. – Yo ya empiezo a tener hambre también.
Durante la cena, el mayor de los Búhos, Rau, les presentó a sus dos hijos Kae y Gae. Nervo enseguida quiso saber cómo llegaron a ser esclavos del reino de Yorkshire. Y esto fue lo que Rauru les contó:
“Yo era por aquel entonces mensajero del rey Hálnix. Durante mis viajes tuve una amante humana enla ciudad de Nalú. Nuestro amor, tan mal visto por pertenecer a razas diferentes, tuvo que mantenerse en secreto. No obstante, de nuestra unión surgieron dos gemelos: Kae y Gae. Ellos son lo que se conoce por estigmatizados. No eran aceptados ni por los humanos ni por los zugal, así que los estigmatizados tienen que vivir solos durante toda su vida, puesto que no hay sociedad que los acepte. El hecho de tener sangres mezcladas les da unos extraños poderes que varían según las razas mezcladas. Todos los bastardos tienen anatomía humana, así que se pueden camuflar perfectamente entre éstos. Aún así, el estigma de nacimiento que les condiciona de por vida es este tatuaje con forma de ave en la mano. Uno de los senadores de Yorkshire se percató y esclavizo a mis dos hijos. Yo, tras las muchas torturas a las que fui sometido no dije el nombre de la mujer con la que tuve relaciones, así que me esclavizaron junto a Kae y Gae.”
- Vaya, lo siento mucho. – dijo Nervo angustiado. – Sacrificaste tu vida por salvar a la de una humana.
- Eso dice mucho de un zugal. – comentó Mermes. – Ha habido multitud de guerras raciales entre humanos y zugal.
- Venga, partamos ya. – sonrió Rau. Yo te llevaré a ti y Kae y Gae que se turnen para llevarte a ti.
Rau y sus dos hijos se transformaron en un instante. Ante ellos, tres búhos batían sus alas y les fijaban aquellos inmensos ojos que, sobretodo, Rau poseía.
Mermes se subió a la espalda del mayor búho y Nervo hizo lo mismo con Kae. Un horrible chillido rompió la calma del cielo y a su mismo tiempo, los tres búhos despegaron.
Rau cerró sus ojos. Se le humedecieron y unas lágrimas se precipitaron desde las alturas. La historia que les había contado a nuestros amigos, le había traído a la memoria lo ocurrido durante esos días…
- Ojalá no hubierais nacido – susurró el gran búho.
Cualquiera que oiga esto de un padre podría pensar que no ama a sus hijos. Nada más lejos de la realidad.
Cuando los tomó en brazos por primera vez su corazón se hinchó de orgullo y se llenó de amor por elllos. Estaba seguro de que no permitiría que nadie les hiciera daño; los niños no tenían la culpa de nada… pero también era consciente de que ambos tendrían una vida muy difícil. Todos los estigmatizados tienen una vida dura; temidos por los humanos y repudiados por los zugal, no hay para ellos un lugar en el mundo.
Pasaron rápidamente tres horas. Tanto Nervo como Mermes se quedaron dormidos y la transformación pronto se revertería. Rau hizo una señal a Kae y a Gae, y los tres descendieron del firmamento.
Los jóvenes se despertaron todavía confusos, sin darse cuenta de que ya habían llegado al Monte Fulgor:
- ¿Veis ese anillo de humo? – pregunto Kae. ¿Aquello que parece una aureola?
- Sí, creo que sí. – dijo Mermes. - ¿Es allí?
- Efectivamente. – afirmó Rau. - Mañana os llevaremos arriba, pero ahora deberíamos dormir.
Las medias lunas que se alzaban en el cielo estrellado velaron por su sueño. Contemplaban las peripecias de dos chavales que durante el último mes habían conocido muchas cosas: Los sabios, el rey, la princesa, los zugal, guerras por orbes, la gente de la corte, los estigmatizados, potentes magias, devastadores espadas… Pronto iban a descubrir algo tan aterrador que jamás podrían olvidarlo.
- Señor Mermes, ya es de día. – decía Kae.
- Señor Nervo, ya es de día. – le imitaba Gae.
- ¡Ay! Qué bien he dormido. – afirmaba entre bostezos el ladrón.
- Nuestro padre ha ido a peinar la zona en busca de personas que nos sigan.
El pícaro se levantó y estiró sus agarrotados músculos. Cogió de la saca pan y mermelada y untó tostadas para todos; mientras tanto, Nervo seguía roncando.
- Disculpe señor Mermes, – decía cabizbajo Gae – pero su amigo no se despierta.
- Oh, sí, le pasa a menudo.
Con el dedo índice, el bribón le tocó la mejilla y, visto el fracaso, pasó al plan B: Se agachó y se acercó a su oreja.
- ¡Arriba! – gritó con todas sus fuerzas.
Nervo, abrió los ojos lentamente. En vez de estar sobresaltado, ronroneaba contento y se envolvía de nuevo en su clámide naranja.
- Nosotros ya hemos desayunado. Tienes un minuto para vestirte y otro para comer. De lo contrario, te quedas sin magdalenas.
Al cabo de dos minutos, ya estaban listos para partir. El Monte Fulgor se veía cerca, con un extraño círculo en su cumbre.
En tan solo unos minutos, los búhos les llevaron a la cima. Su sorpresa fue que, al llegar a la cumbre, no había casa por ahí ninguna. Kae le dijo a Rau que, se lo creyeran o no, Temploron vivía en una casita en lo más profundo del cráter del volcán Fulgor. Los dos amigos contemplaron sorprendidos el cráter. Un abismo se formaba a sus pies, el cual desprendía un intenso calor. Las sofocantes temperaturas que se deberían soportar eran bestiales. Si tenían suerte, podrían sobrevivir poco más de media hora. Se quitaron la clámide y la capa y se quedaron mirando el fondo del cráter. Ríos de lava corrían a sus pies y de las paredes salían chorros de vapor como géiseres. Tragaron saliva y empezaron a descender por el volcán.
- ¡Mucha suerte! – gritaron los gemelos.
El calor empezó a causar estragos en nuestros amigos. El cansancio y las altas temperaturas hacían mella en el cuerpo del mago, que cada vez se veía con menos fuerzas.
- ¡Mermes! ¡Hay que rodear el volcán! ¡Sigamos por este camino y crucemos el foso!
El ladrón asintió al aprendiz. En realidad siempre lo hacía, pues confiaba plenamente en su inteligencia. Al fin llegaron, exhaustísimos, al fondo del volcán. La casa del tal Temploron se encontraba al otro lado del cráter. Una cascada de lava que brotaba de una de las paredes laterales complicaba el acceso al otro lado. Mermes se sacó una de las sandalias aladas y se la ofreció a Nervo, a quién se le empezaba a nublar la vista.
- ¡Sé fuerte, Nervo! – le gritó Mermes, cuyos gritos eran enmudecidos por los vapores de los géiseres. - ¡Voy a saltar yo primero, tu ve detrás de mí!
Mermes, hizo un pequeño sprint y saltó impulsándose con la pierna derecha, cuyo pie estaba dotado con la sandalia mágica.
Debido al cansancio, el aterrizaje fue un poco desastroso. Se incorporó como pudo y se sujetó el brazo que se había herido.
- ¡Te toca Nervo! – gritó su amigo. - ¡Puedes hacerlo, venga!
El aprendiz de mago se acabó de atar la sandalia. Dio unos pasos atrás para imitar la carrerilla de su amigo pero, en cuando dio los primeros pasos, se desmayó y cayó en redondo.
El sofocante calor había hecho llegar al fin las energías del joven Nervo. Asustado por el cuerpo desfallecido de su amigo, tendido en el suelo, Mermes se apresuró para repetir el salto en sentido contrario.
Cuando se disponía a saltar de nuevo, del río que separaba los dos terrenos, saltó una cortina de lava enorme. Mermes tuvo que poner fin al salto, pero de repente, la cortina de fuego se desvío y toda esa masa de líquido ardiente se empezó a tambalearse. O bien caía encima de Nervo o bien encima de Mermes. El destino prefirió que la ola de lava cayese sobre la zona donde el desmayado y rezagado mago se encontraba.
Mermes cerró los ojos con fuerza y las piernas le fallaron. Arrodillado, tuvo el valor de mirar la otra orilla. En ella, no quedaba absolutamente nada de su amigo. La desesperación le sobrecogió tanto que se hecho las manos a la cara, y no tenía más que ganas de ser zampado por otra ola de lava. El calor intenso impedía que las lágrimas que se formaran en sus ojos cayeran al suelo. La presión sanguínea de Mermes se disparó en el momento en que toda su rabia se concentró y chilló tan fuerte que su gritó eclipsó los constantes vapores de los géiseres. El grito de Mermes retumbó por todo el volcán. Sin embargo, ese mismo bramido fue silenciado, a su vez, por un horrible chillido que resultaba bastante conocido.
El pícaro levantó la vista y vio como Nervo colgaba de los espolones de Rau, que remontaba el vuelo a toda velocidad.
Mermes lloró de nuevo, pero esta vez, sus lágrimas no eran amargas. Entre sollozos, sacó fuerzas de flaqueza y siguió con su camino.
Al límite de su energía, el bribón entró en la casa. Un hombre rudo y con unos imponentes músculos que sujetaba un enorme martillo se sobresaltó.
- ¡¿Pero qué?! – proclamó Temploron. – Muchacho, ¿Cómo has llegado hasta aquí?
- Vengo… a por
Temploron dejó el martillo sobre la forja y cogió un frasco de una de las estanterías. Vertió parte del líquido celeste en un cuenco y lo puso en los labios de Mermes.
- Bébetelo joven. – dijo el hombre musculoso. – Recuperarás fuerzas enseguida.
Mermes tragó. El líquido era amargo y un poco viscoso, pero provocó que Mermes se recuperara al instante. Las propiedades terapéuticas de aquel zumo, tal y como le contó Temploron, eran obra de los higos magmáticos, una extraña fruta que se formaba en las profundidades del río de lava.
El haragán, totalmente revitalizado, se irguió de nuevo y le contó todo lo ocurrido.
- Sí, no hace mucho que la he terminado. – dijo Temploron rascándose la barba. Desde que decidí venir a vivir aquí, recibo pocas visitas porque sólo mi hermano es capaz de resistir el calor.
- Ya entiendo. – le cortó Mermes, que quería descansar de una vez en la superficie. – ¿Esa es la famosa espada, no?
- Sí, ya puedes cogerla. Podría atravesar la carne de un dragón, pero jamás las escamas. Sólo las escamas de dragón pueden rallar las escamas de dragón, ¿sabes?
- Claro, claro; es lógico.
Mermes empezaba a impacientarse. El poder revitalizante del zumo celeste le había aliviado, sí, pero las sofocantes temperaturas empezaban a desgastarle de nuevo.
- Si no me equivoco, tú debes ser el joven que venció a Tánades.
- Sí, así es.
Mermes se preguntaba cómo rayos sabía eso alguien que vive enterrado en el fondo de un volcán perdido en las recónditas lejanías de la ciudad de Nalú. Pero como tampoco le apetecía escuchar al ermitaño herrero, optó por el silencio.
- Mi hermano, Nofesto, me hablo de ti. Dijo que fue un combate increíble.
- ¿Nofesto el sabio del fuego es tu hermano? – preguntó Mermes rendido, apoyándose en la pared.
- En nuestros tiempos mozos éramos conocidos por los Titanes del Fuego. Ambos entrenábamos en las profundidades de este volcán.
- Oh, que interesante. – fingió descaradamente Mermes. – Creo que me voy a tener que ir yendo: es tarde.
Mermes se ató
- Espera joven. Tánades vino la semana anterior y me pagó para que elaborase esta obra maestra.
El ladrón se giró para contemplar el arma. Dos hojas curvas unidas daban el aspecto de un arco. Las inclinó un poco más y el arma tomó el aspecto de un bumerán. Las separó, y a cada mano tenía una daga. Las hojas eran de color morado con grabados rojos y el mango que las unía, negro, tenía unos pequeños huecos del tamaño de una cereza.
- En este estado, el Arbudaguer no tiene ningún poder. Los filos son afilados pero corrientes, no hay ni flechas ni cuerda para el arco y el bumerán no hay por donde cogerlo.
- ¿Y…? – replicó el agotado bribón al mismo tiempo que abría la puerta.
- Pues que Tánades, antes de morir, me dijo que había encerrado parte de su poder para el Arbudaguer en una amatista. Si encuentras esa piedra, y ahora que el sabio está muerto, te regalo el arma que tengo entre mis manos.
- Está bien. – dijo Mermes. – Me lo pensaré y ya te diré algo.
Esta vez, el pícaro sí que abandono la casa. ¿Quién demonios construiría una casita en lo más profundo del cráter de un volcán? Mermes siguió cruzó de un brinco el río de lava y repitió en sentido contrario el camino que había hecho junto a Nervo.
- ¡Papá, papá, ya se despierta! – gritaban Kae y Gae.
- ¿Estás bien, Nervo? Ha sido un duro golpe de calor sin duda... Por poco no lo cuentas.
- ¿Qué hago aquí? Yo estaba con Mermes abajo y…
- Sí, sí, ¡papá te ha salvado! – decía orgulloso Gae.
Rau tranquilizó a Nervo y le contó que había descendido en cuando Kae le había dicho que se había desmayado. Como estigmatizados, tenían extrañas facultades que fueron mencionadas entonces por los chicos, que empezaban a perder el miedo.
- Yo veo a muchísima distancia. – dijo Kae. – He observado cómo te ponías la sandalia con plumas y te desmayabas.
- Yo puedo oír cosas muy lejanas. – explicaba Gae. – Pero el ruido tan ensordecedor de los géiseres me imposibilitaba escuchar lo que decíais.
Los dos chicos sonreían a Nervo y él les levantó el pulgar a la par que se incorporaba. El mago se vistió de nuevo con la clámide y se puso a conversar con Rau para agradecerle lo que había hecho.
De manera súbita, Gae aleteó hasta ponerse a unos diez metros de altura. Cerró los ojos y le pidió a Kae que viniese. El primero señaló hacia al oeste y le dijo al segundo que mirase en esa dirección.
- ¿Qué? ¿Qué es ese ruido? – preguntó Gae.
- Es una bola de fuego. – contestó Kae. – No me mires así, te lo juro.
Mermes llegó en ese momento. Sacando fuerzas de flaqueza, levantó el pulgar y desenfundó
Su amigo el aprendiz, desvío su atención por lo que contaban los dos hermanos y fue corriendo a abrazarle.
- Te juro – dijo el ladrón emocionándose - que es la última vez que te meto en un lío como este.
Claro que, evidentemente… no fue así.
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