III
El gran torneo
La aparición de los zugal y la magia oscura
Pronto, sin uñas, los aspirantes terminan,
arriba y abajo, nerviosos caminan.
Acuden a dioses, ruegan a deidades,
entonando plegarias y fervientes cantares.
El más solitario, parece estar tranquilo
Viste ropas oscuras y luce con estilo.
- Pobrecitos míos, alguno va a morir,
Me pedirán clemencia y les haré sufrir.-
El sorteo había puesto en primer combate el de Mermes con Ródric, capitán de
Poco antes de empezar el combate, Sir Ródric comentó que la pasada noche de luna llena en Nalú habían dado de baja a tres de sus hombres y que desearía poder ser guardaespaldas y dejar de una vez la maldita Brigada del Ocaso, que tan mal caía a los ciudadanos.
A Mermes le pareció un personaje caballeroso y honesto, obligado de alguna manera a llevar a cabo un oficio que no le gustaba. Se dieron las manos y entraron en el cuadrilátero. Se hizo el silencio y el comentarista empezó a narrar.
- ¡Con todos ustedes, el primer combate del día. ¡Mermes! ¡La joven apuesta de su majestad la princesa Arlena…! Su oponente, Sir Ródric, el capitán general de nuestra querida Brigada del Ocaso, que ha sido presentado oficialmente como la propuesta del rey Jamus!
- ¡Larga vida al rey Jamus! – coreaba el pueblo.
El acorazado rezaba sus últimas oraciones y Mermes, buscando entre la grada real, recibió un beso de su querida Arlena.
- 3, 2,1… ¡Adelante!
Sir Ródric arremetió contra Mermes tomando la iniciativa y cerca de su posición, barrió el aire con gran maestría. El valiente ladrón, que conocía de sobra ese truco, saltó instintivamente evitando, como aquella noche en la calle de
Una vez consiguió estar detrás del capitán, desenfundó su daga y le rasgó en un primer corte la zona lumbar.
El honrado caballero, adolorido, desenvainó rápidamente la espada y intentó golpear a Mermes. El joven pícaro la bloqueó con su daga tan bien como pudo, pero quedó totalmente expuesto y no se libró de recibir un golpe en las sienes con el asta de la pica.
- ¡La excitación de la multitud crece con este combate! – gritó el comentarista, eufórico.
- Levántate, que puedes hacerlo mucho mejor. – dijo el soldado, dando unos pasos hacia atrás.
Mermes se levantó con relativa facilidad, reculó con su estilo hasta la posición desde la que había iniciado el combate y echó mano a su daga.
Mientras se agazapaba para coger velocidad, el brigadero jefe agarró por el asta su pica y se la lanzó como si de una jabalina se tratase.
El bribón, que vio interrumpida su ofensiva, estudió fugazmente la trayectoria del arma e hizo un potente salto hacia atrás, quedándose entonces, a pocos metros del borde del ring.
El arma se clavó al suelo a escasos palmos de la posición de Mermes y, viendo frustrado su lanzamiento, el capitán del Ocaso acometió hacia él con ganas de terminar el combate.
Con su espada en mano, Sir Ródric realizó un corte horizontal. Ése fue un error que contra Mermes, cometería por segunda y última vez.
Ese salto ya casi rutinario fue perfeccionado accidentalmente en ese momento. En mitad del salto, el ladrón apoyó el pie sobre el casco del capitán, y este se escurrió para abajo, nublando momentáneamente su visión.
Sacando partido de la situación, Mermes embistió a Ródric con todas sus fuerzas, precipitando a este último fuera del cuadrilátero.
- ¡Y con esta asombrosa jugada de ingenio, tenemos al ganador del combate! Un fuerte aplauso para… ¡Mermes el saltarín!
- Me cago en todo… ¡seré imbécil! –dijo el capitán de las fuerzas nocturnas. – No me lo esperaba, créeme.
- Ha sido un combate muy intenso, Sir Ródric. – dijo Mermes mientras le ayudaba a levantarse del suelo. – ¡Querré repetirlo algún día!
- Si es sin rings y sin yelmos, tendremos la revancha. –bromeó el capitán.
El público aplaudía y ovacionaba a los dos rivales que comentaban, de camino a la enfermería, el recién librado combate.
Hécates y Nervo les estaban esperando en los túneles de acceso a la enfermería, comentando lo contentos que estaban de la clasificación de Mermes.
- ¡Felicidades Mermes! –dijo Nervo tan solo oír su voz. – ¡Ha sido increíble! Cuando le has bajado el casco… ¡me he emocionado tanto!
- ¡Gracias Nervo! – sonrió el pícaro. ¡A ver si llegamos los dos a la final...!
Entraron los cuatro en la sala y entre la enfermera y Hécates sanaron el corte en la espalda de Sir Ródric. Una vez recuperados, hablaron sobre el siguiente combate que les daba pereza ir a ver.
Según el sorteo, el elegido por el sabio Eóleas y por Ridares, capitán del ejército de Yorkshire, enfrentaría a un tal Felín con un joven llamado Défobos.
- ¿Défobos? – dijo el derrotado Ródric. - Si no recuerdo mal, Défobos es el hijo de Ridares. Se comenta que el general ya está muy mayor para estos trotes.
- Cierto. – corroboró el sabio - Y si el otro se llama Felín no me da buena espina el asunto.
- ¿Qué quiere decir? – preguntó Mermes, que con ese comentario, tenía la sensación que Felín sería su siguiente adversario.
- Verás, todos los nombre que empiezan por “Fe” son…
- ¡Hécates! – dijo Eóleas, interrumpiendo la conversación. - A tu chico y al de Nofesto les toca ahora.
- ¿Ya han terminado? – preguntó el sabio.
- Ha ganado mi Felín por caída del ring. Créeme, si ese joven de allí ha parecido ágil, deberías haber visto al mío…
- Por casualidad Eóleas… ¿No habrás conseguido el apoyo de un zugal de Felidaes, verdad?
- Espera y verás, chato, por que ha ganado en su estado humano. – Mermes, si recuerdo bien, vas a tenerlo bastante difícil.
Los amigos, los sabios y el lisiado brigadero fueron desfilando de vuelta al cuadrilátero. Mientras tanto, Hécates le dio una rápida a clase de defensa contra zugal a Mermes, quién sólo entendió que dependiendo de la raza, eran muy débiles frente algunos conjuros.
Antes de entrar al ring, el joven haragán le prestó a Nervo sus zapatos emplumados que tan imprescindibles habían sido para el combate anterior. El cielo empezó a nublarse y el Sol quedó tapado por una oscura nube. No obstante, el torneo continuó:
- Después de este combate tan fiero, demos una calurosa bienvenida al seleccionado por nuestro querido sabio Hécates… ¡Nervo! En el otro extremo, el misterioso hombre escogido por el gran Nofesto… ¡El jorobado Córvax! ¿¡Quién se hará con la gloria de ser ganador!?
- Que tío más raro, ¿no? –dijo Sir Ródric. – Esa joroba es la cosa más extraña que he visto en mi vida.
- ¿¡Nofesto también!? – pronunciaron al unísono los dos sabios amigos.
- Pues sin más dilaciones… señoras y señores, ¡que empiece el combate!
El revuelo causado por el gentío fue silenciado por Mermes, nada más empezara el duelo.
- ¡Elignis! – proclamó el joven mago.
Una incandescente esfera se abalanzó contra el jorobado Córvax con rapidez. El agredido, vestido con su larga sotana, saltó al cielo como si poseyera unas sandalias aladas. En el momento en que su enorme salto llegaba a lo más alto, un horrible alarido calló a todos los espectadores que aplaudían por ese espectacular pero fallido ataque ígneo.
- ¡Ooooooh! –exclamó el comentarista. – ¡El misterioso jorobado era nada más y nada menos que un zugal del clan cuervo! ¡Increíble!
- Oh, oh… - titubeó Nervo. – Es enorme…
Las nubes cada vez eran más oscuras y densas. Y en lo alto de aquel cielo nublado, un cuervo enorme hacía batir sus alas mientras se adaptaba a la corriente de aire.
- ¡Elnuvis Fulsi! – gritó el inteligente mago.
De una de las oscuras nubes salió un rayo mucho más grueso que aquél que alcanzo al brigadero. Iluminando el cielo, el haz zigzagueó dirigiéndose al cuerpo de Córvax; quién, con una pirueta aérea esquivó, de nuevo, el conjuro de Nervo.
- ¡Mierda! – gritó Mermes. Le llega a dar y lo despluma de un golpe.
- Lo tenemos mal, querido. – dijo Hécates, que compartía una fuerte rivalidad con Nofesto.
El poderoso cuervo hizo unas cuantas piruetas en el cielo, y en cuanto recibió los aplausos del respetable, se dirigió vorazmente hacia Nervo.
Éste, voló literalmente por el aire y cayó a contados centímetros del límite. Se levantó afligido y mientras se situaba en un sitio más céntrico, recibió otra envestida aérea.
- La cosa pinta bastante fea. – dijo Mermes, descalzo.
- No va aguantar mucho. – profetizó Nofesto, que apareció de repente entre ellos – Por supuesto que le he dado órdenes de no herir mortalmente a sus adversarios, pero si el muchacho no se rinde…
Nervo recibió como mínimo seis placajes etéreos más. Para realizar su vuelo, la gran ave le daba tiempo a Nervo para que se levantara, momento en el que el mago tuvo una idea que podía salvarle de la obvia derrota. Empezaría esquivando uno de esos ataques.
El ave surcó por enésima vez los cielos, pero esta vez, Nervo saltó justo en el instante en que el ave barría el suelo.
El aprendiz se concentró mientras el cuervo remontaba el vuelo y proclamó con voz potente:
- ¡Elotorias ventus!
Todos, incluido Nervo, quedaron descolocados por el efecto del conjuro, o mejor dicho, por el hecho de que no ocurrir nada.
El cuervo, que al oír la palabra “ventus” creía que todavía podía ocurrir un milagro a favor del chico, se empezó a reír, y con él, todo el coliseo.
- Me has pegado un buen susto, jovencito. – dijo el ave, mientras se secaba las lágrimas. – Ríndete ahora o prepárate para un último golpe.
En el momento en que Nervo consideraba la rendición como alternativa a ser devastado definitivamente, una suave brisa le escurrió la lágrima que goteaba de su ojo. Esa brisa, pronto se convirtió en una potente ráfaga de aire que empezó a cambiar de sentido aleatoriaamente.
La pobre ave era incapaz de controlar el vuelo y aún menos de rematar a su adversario. Reconfortado por el asombro del gentío y motivado por su milagrosa oportunidad, Nervo brincó con todas sus fuerzas. En cuanto llegó a la altura de Córvax, pronunció un Elignis que abrió de par en par las bocas de los asistentes.
La abrasadora esfera, considerablemente mayor que la que había conjurado al inicio de la contienda, colisionó de lleno contra el gran cuervo. Córvax fue perdiendo altura y mientras se precipitaba al vacío, se destransformó, adquiriendo de nuevo su forma semi-humana.
Tras la mutilación de la caída, las quemaduras y la reversión al estado semi-humano, Córvax estaba realmente apurado. Entre lástimas, el cuervo humano pidió la rendición. Nervó no lo dudó dos veces y se la concedió, dando por ganador del combate al joven e inexperto mago.
En cuanto el combate se dio por terminado, saltaron a la arena Mermes y Hécates, quienes alzaron al ganador entre aplausos y ovaciones. Nervo, ofreció su ayuda y cargó junto a los asistentes con la camilla, en dirección a la enfermería.
- ¿Se pondrá bien? – preguntaba culpable, Nervo.
- Por supuesto, joven. Los zugal son seres mucho más resistentes que los humanos. – respondió Nofesto.
Los médicos del dispensario les echaron a todos del local porque no podían atender al herido con tanto gentío haciendo preguntas.
- ¿Alguien sabe cuál es el siguiente combate? – formuló Sir Ródric.
- Por eliminación, queda el maestro Talicón y el elegido por Tánades. – contestó Eóleas.
De repente, los tres sabios callaron, y por sus mentes corría la misma pregunta:
- ¿Alguien ha visto a Tánades? – preguntó finalmente Nofesto.
- ¿Quién es? – dijeron Mermes y a Nervo a la vez.
- Es uno o de los cuatro sabios. Del mismo modo en que a mi se atribuye el poder de la luz, a Eóleas el del viento y a Nofesto el del fuego… Tánades es el elegido de las sombras.
- Tuvo un discípulo hace años y le entrenó en sus siniestras magias, pero nadie sabe ya nada de él. – aseguró Nofesto.
- Magia oscura… -dudó Nervo. - Sabía que existía, pero jamás había oído que alguien la supiese dominar.
- Créeme, por si su discípulo apareciese: Es de todas, la magia más devastadora. – afirmaba Eóleas.
- El único rival digno que tiene es Hécates, por eso se llevan tan mal…
- Cállate ya Nofesto. – interrumpió el gran Hécates. Vayamos a ver si el escogido por Tánades es aquél chico con el pelo púrpura.
Eóleas comentaba en voz baja las múltiples discusiones que Hécates y Tánades habían tenido últimamente. Los dos amigos clasificados escuchaban sonrientes las humorísticas explicaciones de ese peculiar sabio, que no paraban de reír.
- ¡Gran Eóleas! – gritó alguien en el pasillo.
- Mi zugal y amigo Felín… ¿qué ocurre? – decía el sabio mientras el otro se aproximaba a una velocidad extraordinaria.
- El elegido de la reina… - tartamudeaba el semi-humano. - El elegido de la reina ha sido muerto en combate.
- ¿Qué? –gritaron todos. ¿Có-cómo?
- Era un hombre encapuchado y enfundado en una túnica morada. Sólo ha señalado a Talicón y de su dedo ha salido un rayo negro que le ha perforado el corazón súbitamente.
- ¿¡Elumbra fulsi!? – gritaron los tres sabios. - Eso significa… – murmuró preocupado el luminoso Hécates- que el discípulo de Tánades ha vuelto…
Una vez en estuvieron todos en el palco de los sabios, Nofesto narró la crónica de
“La historia se centra años atrás. Al estallar
Las diferentes guerras raciales en el norte y en el sur estaban siendo satisfactorias para los humanos, que estuvieron muy cerca de hacerse con los preciados orbes zugal. Lo que temíamos en Yorkshire era que, tal y como había pasado cien años atrás, los semi-humanos más poderosos de todos, los dragones, entraran en la batalla. Sus hermanos alados y dentados estaban en verdaderos aprietos, y era muy probable que el poder de los zugal dragón redujese a cenizas los nuestros ejércitos humanos en cuestión de segundos.
Para evitar la intervención de los dragones, Tánades desobedeció las órdenes del rey Zelanas y partió hacia la lejana isla del oeste.
Los humanos tenemos, por supuesto, la entrada prohibida a la isla de los Supremos. No obstante, Tánades trajo de vuelta un documento firmando y sellado por el temible Voldran, rey de los zugal de la isla septentrional.
El tratado decía que los habitantes de la isla de los Supremos seguirían siendo neutrales y que no entrarían en la guerra porque así lo quisieron sus antepasados. Sintiendo mucho las atrocidades que estaba sufriendo sus hermanos zugal, dejaban el destino del mundo a los dioses.
La desesperación fue tan grande entre los semi-humanos que se mentalizaron para preparar la entrega del tesoro real, poniendo fin a la guerra. Ese mismo día, el rey Zelanas fue herido de muerte en Luná, capital de Terriershire.
El legítimo heredero al trono, el rey Jamus, fue coronado ese día como emperador del imperio de Yorkshire. Perdida la toma de
Las Islas del Nido y Felidaes, Terriershire y Yorkshire y
El caso es que la guerra había fracasado porque no se obtuvo ni el orbe de los pájaros, ni de las aves, ni el de Terriershire ni, evidentemente, el de Suprema.
Los empobrecidos recursos del país fueron invertidos en la reconstrucción de ciudades fronterizas y se dejó finalizada una guerra sin vencedor.
Pasaron los días y, una mañana, Tánades trajo consigo a un alumno y un orbe sagrado. Ese orbe era, nada más y nada menos, que el orbe de los dragones, custodiado por las temibles bestias de
- Nunca había oído esta versión – dijo Nervo. – No sabía lo del tratado de los dragones, ni que se obtuvo el orbe de
- El rey Jamus, que no cabía dentro de sí, accedió a todos los caprichos de Tánades. – empezó Eóleas.
- Así es. Dejó que el chico de pelo morado… Táquesis se llamaba, fuera entrenado por uno de sus sabios. Además, le cedió una pequeña isla propiedad del rey para que pudiera retirarse cuando quisiera. –continuó Nofesto.
- Jamás hemos sabido de dónde diablos sacó el orbe, pero aquél aprendiz de artes oscuras tiene que tener alguna relación. Aparecieron de la nada, por que sí.
Mermes y Felín, que se habían presentado durante la narración, habían encajado muy bien. El zugal le contó a Mermes que estaba cortejando a una de las princesas gato del castillo de Felidaes, y que con suerte, se casarían. Si ganaba el torneo, renegaría al oficio de guardaespaldas. No obstante, si se llevaba ese honor a su tierra, seguro que el rey daría por bueno su matrimonio. El pícaro sonreía y le decía que ¡qué más quisiera él que casarse con la princesa…!
- ¡Damas y caballeros! Después del triste accidente que ha ocurrido con el maestro Talicón, ¡pasemos a las semifinales…! En el lado izquierdo, el chico de los saltos que ha vencido al capitán de
El felino se quitó el largo ropaje y mostró ante todo el público, sus orejas y su cola, detalle que los zugal de Felidaes tenían difícil de esconder.
- ¡No es posible! – gritaba el comentarista. – ¡Felín es un zugal! ¿Veremos su forma animal en este combate?
- Prepárate Mermes. No te lo pondré fácil.
Los ojos de Felín desprendieron un brillo inusual y rugió con todas sus fuerzas. Su postura erguida, pronto adoptó el uso de las cuatro patas y se convirtió, finalmente, en un zugal gato.
- Ahora lo pillas ¿no? Me llamo Felín y soy un gato. –bromeó.
El enorme gato se abalanzó sobre el cuerpo de Mermes, quien, con un potente salto, evitó milagrosamente el zarpazo. El joven ladrón tomo la ofensiva y saltó con su puñal desenfundado.
El gato saltó con gracia y burló el ataque de Mermes. Eso era un duelo de felinos. El bribón sacó de su cinto dos de esos puñales arrojadizos que compró y corrió hacia el gato. Tal y como había hecho anteriormente, Felín sobrevoló a Mermes con un potente salto, pero, esta vez, antes de que el felino pudiera aterrizar, dos puñales se dirigían fugaces hacía su estancia. Uno, falló. El otro se clavó una pata trasera del animal el cual, adolorido, desgarró el cielo con un potente grito.
Mermes creía que con una pata lesionada el animal perdería toda su agilidad. Pero para su sorpresa, el animal seguía siendo tan rápido como lo era, al menos, él.
El combate se alargaba sin que pareciera tener fin: ahora atacaba uno, el otro lo esquivaba y así, sucesivamente.
Felín empezaba a agotarse y a perder fuerza. Parecía que la herida le estaba pasando factura. En una de éstas, Mermes arremetió contra la bestia con su afilada daga. El gato, en vez de huir, decidió atacar también.
El choque dio por resultado que ambos quedaron tendidos en el suelo, uno con otra herida en la misma pierna y el contrario con un mordisco en el brazo.
Los dos se encontraban cerca de los límites legales, así que si el primero que lanzase al otro fuera ganaba. Mermes, tan dolido por el bocado no podía levantarse del suelo. El gato, a diferencia, se incorporó y se acercó al humano tendido.
Cuando lo tuvo cerca, se le lanzó encima y le amenazó con la garra.
- Ríndete Mermes. Si te desgarro la cara no podrás seducir a tu princesita humana.
El apuesto pícaro tenía la mirada vacía, perdida. Al lado del palco de los sabios, estaba el palco donde su princesa se tapaba la boca angustiada.
Cerró los ojos, y contó hasta tres. Uno, dos…
-¿Qué ocurre? – dijo el comentarista. - ¡No puede ser, Felín está revertiéndose!
El tiempo y las heridas habían mermado el tiempo que dura la transformación de la bestia. Las heridas pintaban mucho peores en su estado semi-humano que en su forma gatuna, así que Mermes forcejeó con el débil Felín y le propinó una patada en pierna mala. Acto seguido, el gato pidió la rendición.
- ¡Wau! – puso fin el comentarista - ¡Ése ha sido un inesperado final!
El ladrón podía contemplar en el rostro de la princesa una enorme felicidad, pero nadie podía ser más feliz que Mermes en ese momento.
Los dos combatientes fueron llevados a la enfermería para que sus heridas fueran tratadas. Mermes pidió a uno de los enfermeros que le llevase sus sandalias aladas a Nervo porque muy probablemente las iba a necesitar.
- Tú tranquilo Nervo. He restaurado tu poder mágico y veo que llevas el amuleto que te regalé. – decía tranquilo, Hécates.
- Ahora mismo te enfrontarás al elegido del cuarto y desaparecido sabio. Deberás ir con sumo cuidado. La magia oscura de Táquesis es muy peligrosa. – decía Eóleas.
- Si quieres que te diga la verdad, los tres estamos contigo. Al menos has tenido la decencia de presentarte. Táquesis jamás llegó a hacerlo. –continuó Nofesto.
- Gracias sabios. – decía mientras se calzaba con las sandalias. – Le daré al del pelo morado con todo lo que tenga.
Nervo entró al ring y devolvió las ovaciones del público con saludos. Los tres sabios, preocupados, contemplaban la felicidad con la que el inexperto mago saludaba al público.
- ¿Crees que sobrevivirá? – dijo Nofesto, con miedo.
- Su rival ha fulminado a Talicón en tres segundos. Tánades puede ser todo lo raro que quieras, pero es sin duda uno de los mejores magos del mundo. – le decía Eóleas a Hécates.
- Eso espero. Junto a Tánades, Táquesis es el único ser que conoce los conocimientos necesarios para usar un devastador Elumbra fulsi.
- Y a todo esto… ¿dónde está el cuarto sabio? – decía Mermes, que salía de la enfermería, totalmente recuperado.
- Pues es verdad – dijo Sir Ródric. - Su chico tampoco ha llegado.
En el estadio, Nervo empezaba a aburrirse de devolver saludos y besos, cuando sin previo aviso, se dibujó un círculo tintado de color negro en el suelo.
- Táquesis, sin duda. – dijo Eóleas.
- ¡Que entrada más particular! – gritaba, como siempre, el comentarista. ¡El hombre de la capucha morada ha surgido de un agujero negro! A su lado, se prepara para deleitarnos con sus increíbles conjuros… ¡Nervo! ¡Con todos ustedes, la segunda semifinal: Les espera el joven Mermes tras la misma! 3…2…1… ¡Adelante!
Como habían hecho en su momento Córvax y Felín, el rival de Nervo cogió la larga sotana y la lanzó por los aires.
- ¡No puede ser! – gritaron los tres sabios a la vez. ¡No… no puede ser!
- Despídete de tu amigo, Mermes. – decía Córvax con tristeza. – De ésta no sale.
- Tiene… ¡tiene que ser antirreglamentario! –gritaba Hécates, que irrumpía en la zona de césped.
El comentarista, consultándolo con los jueces dijo que el combate podía seguir. Todos los eliminados y los sabios se dirigieron junto a Hécates para poder ver la contienda desde más cerca.
- ¿Sorprendido, Hécates? –decía el rival de Nervo.
- Eres un gusano asqueroso.
- Nadie dijo que no pudiese presentarme yo mismo. Esa jovencita está demasiado consentida… ¡Yo la adiestraré en la magia más poderosa que existe! Reza tus últimas plegarias, Nervo.
El rival de Nervo era, en efecto, Tánades. El sabio negro había tomado la decisión de presentarse él mismo en el torneo para darle un golpe de gracia a Hécates, quien consentía demasiado a la princesa Arlena.
- ¡Elfulsi! –conjuró el mago.
El rayo de su dedo se precipitó contra Tánades. Éste rompió a reír y se desvaneció antes de que el rayo le impactase.
Por arte de magia, nunca mejor dicho, se dibujaron alrededor del escenario ocho círculos oscuros como el que había usado para entrar en el cuadrilátero. De los ocho agujeros negros salieron ocho Tánades difuminados que apuntaban al mago con decisión.
- ¡Elumbra fulsi! –gritaron todos a la vez.
Un destello oscuro nubló el cuadrilátero. En cuanto volvió la luz, no quedaba rastro del joven mago.
- No… No puede ser. – gemía Mermes.
- ¿Ya ha termiando? – preguntó Sir Ródric.
- No tan rápido. Mira allí arriba. – le dijo sonriendo, Eóleas.
- ¡Elventus orbis! –gritaba el mago mientras caía del cielo.
Una potente corriente de aire empezó a trazar círculos alrededor del cuadrilátero. Las falsas proyecciones de Tánades quedaron desvanecidas, y el real fue mostrado en carne y hueso.
- ¡Increíbe! – se emocionaba el comentarista. ¡Nervo ha evitado el rayo de la muerte pegando un descomunal brinco!
- ¡Elignis! – conjuró el mago.
La archiconocida bola ígnea se precipitó contra Tánades. Se burló y de nuevo se desvaneció otra vez.
- ¿Algo más? – preguntaba el sabio oscuro, provocando la ira de Nervo.
- Pues si puedes esquivar mi magia… tengo algo preparado: ¡Elignis gladius!
Tal y como habían estado practicando durante esa semana, de la mano de Nervo salió una llamarada que tomó, rápidamente, la forma de una espada.
Armado con esa arma incandescente, el aprendiz de mago se dirigió a Tánades. El sabio negro se rió de nuevo e imitando a su adversario, hizo brotar de la nada una espada parecida a la de Nervo, pero con la diferencia que las llamas de ésta no eran del todo normales. Eran unas llamas negras que desprendían maldad.
Blandió la espada con fuerza pero Tánades neutralizó su ataque con facilidad. Durante el forcejeo, el sabio apoyó su mano en el abdomen de Nervo y una ráfaga de fuego oscuro hizo que Nervo saliera disparado y malherido.
- Basta de juegos, chavalín. Este será tu fin.
El sabio cerró los ojos y pronunció unas palabras en voz baja. Se sujetó la muñeca derecha con la mano izquierda y abrió la palma de la otra mano.
- ¡No lo hagas, Tánades! – se intrometió Hécates. ¿Quieres matarle?
- Tú no te metas, payaso, o acabarás como él.
Una esfera enorme de color morado y envuelta en esas llamas escalofriantes se formó en un abrir y cerrar de ojos.
- ¡Elumbra sfera! – conjuró el sabio del mal.
La potente bola sombría se acercó fugazmente a Nervo. En el instante de la colisión, un muro resplandeciente de formó delante del mago. El collar que le había regalado Hécates el día que le entregó la participación deslumbraba como nunca. La poderosa esfera fue detenida y el pequeño colgante espejo se rompió en mil añicos, lo que provocó que el conjuro fuera devuelto a su lanzador.
Tánades, incapaz de reaccionar, fue víctima de su propio devastador conjuro.
Después de la que la oscura niebla se desvaneciera, Tánades apareció con la rodilla hincada en el suelo. Su mano izquierda estaba tapando la herida que le sangraba sin cesar en el abdomen.
Nervo corrió hacia él y a los pocos metros, saltó. En pleno salto, conjuró unos de sus “Elignis” que tan buen resultado le habían dado en la batalla anterior.
Tánades señaló hacía arriba y conjuró su poderoso rayo letal a grito de:
- ¡Elumbra fulsi!
El rayo desintegró la esfera abrasadora y perforó sin miedo el brazo del mago.
Nervo, que no fue capaz de controlar la caída, fue agarrado por el cuello antes de caer al suelo. Tánades lo levantó y pronunció:
- Nunca había sido herido de esta forma. Pagarás por tus pecados, inconsciente.
Tánades seguía levantando por el cuello a aquella pobre víctima. El público no parecía nada contento con el sabio, que no solo había matado a su representante, si no que pretendía eliminar al que tanto espectáculo había dado.
- Elumbra gladis –susurró el sabio. De su mano nació de nuevo aquella espada de llamas negras. – Tranquilo, que te reunirás con tu amiguito dentro de un rato.
Nervo perdió la conciencia por falta de oxígeno. El sabio, impasible, tiró hacia atrás la espada, listo para ejecutar a su rival.
- ¡Detengo el combate! – dijo una voz desde el palco. –Tánades, suelte al muchacho o será descalificado.
El sabio miró a los ojos del rey. Jamus había cambiado mucho desde su ascenso al poder. Aquel joven que tomó el mando de un imperio que perdió en vano una guerra, era ahora el rey que llevaba las riendas de un país en su máximo esplendor. Y parecía muy seguro de sí mismo.
Tánades, por el mismo cuello por el que tenía cogido al mago, lo lanzó con fuerza fuera del ring. Los jueces dieron por ganador al sabio Tánades, sin embargo, el público no osó ovacionar al ganador. La intromisión del rey les había petrificado. Y tendido en la hierba estaba, agonizando, el pobre mago al que habían perdonado la vida.
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