Capítulo IV

IV

El último suspiro

La gran final: Tánades y el árbol Sephirot.

A enfermería llevan el cuerpo, que inconsciente se halla

Su amigo hace preguntas, el pobre no se calla

Los sabios le tranquilizan, se va a poner bien

Ahora es su turno, de enfrentarse con quién.

La batalla final empieza, abrumadora es la emoción,

El público agradece en serio, tanta diversión.

Los dos aspirantes se miran, los dos quieren ganar

Sólo uno saldrá con vida, sólo nos queda rezar.

- ¿Va a recuperarse? –dijo Mermes atemorizado por una posible respuesta negativa.

- Tranquilo. – le calmaba Hécates. – Pronto recuperará la conciencia. Tú concéntrate para la final. Ya has visto como ha terminado Nervo.

- Se ha pasado tres pueblos. Que Tánades se presente a un torneo con posibilidad de muerte me parece fuera de lugar. – decía Nofesto.

- Menos mal del rey Jamus. – continuó Eóleas. – Es la primera vez que interfiere en un combate.

Les cerraron en las narices la puerta de la enfermería, así que se dirigieron a los vestuarios para charlar un poco. Hécates, muerto de rabia, pensaba en como podía vengarse de la atrocidad que había cometido su enemigo más íntimo.

- Mermes. – decía una voz de chica. Soy yo, Arlena. ¿Me oyes?

- ¡Hécates! ¡Tiene una de tus piedras fónicas! – exclamó Eóleas.

- Estoy al corriente de ello, me lo contó la princesa.

- Mermes, tienes que ganar. –seguía la chica. - Intenté convencer a mi padre de que Hécates es el mejor tutor que puedo tener, pero me ignoró. Vence, por favor. Rezaré por ti…

La piedra dejó de brillar y Nofesto gritó de emoción:

- ¡Ya sé qué puedes hacer, Hécates! ¡Préstale el poder de la luz! ¿No era el punto débil de los magos oscuros?

- Pero… - decía el sabio blanco. – ¿eso no es antirreglamentario?

- No si lo haces por “Elumen gladis”… - insinuó el sabio de los vientos.

Entre todos convencieron a Hécates. No era simplemente un asunto de quién ganaría, sino que estaba en juego el futuro de la princesa, a la que no querían ver triste. ¿Quién, a parte de aquél chico de pelo púrpura, querría ser el discípulo de Tánades?

El joven ladrón extendió sus brazos con las manos abierta boca arriba. Hécates, concentrando todos sus poderes arcanos, puso sus palmas encima, dejando un espacio entre las cuatro manos. Se hizo el silencio…

- ¡“Elumen gladis”!

Entre el espacio, surgió una espada blanca, irradiante, poseedora de un brillo cegador. Mermes la cogió por el mango y la metió en la vaina que le prestó Sir Ródric.

- Si la usa alguien que no sea yo, – advirtió el sabio – la Espada de la Luz puede ser usada una vez. Procura no fallar, porque, de hacerlo, desaparecerá.

Pronto empezaron a desfilar hacia el escenario de la batalla. Mermes todavía no podía quitarse de la cabeza la imagen de su amigo, moribundo, tendido en el suelo.

- Mucha suerte, Mermes. – le dijo Hécates – Debes esforzarte para ganar. Hazlo por ti, por mí, por Nervo y por la princesa.

- Sobre todo, chaval, agárrate a la vida con uñas y dientes. – le aconsejó Eóleas.

- Dale con todo lo que tengas. – comentó el sabio del fuego. Tu amigo le ha herido en el abdomen, aprovéchate si tienes ocasión… y puede que tengas alguna oportunidad.

Mermes se plantó en medio del cuadrilátero. Antes de subir, un enfermero le entregó las sandalias emplumadas y le dijo que Nervo estaba bien, que le estaban haciendo pruebas.

- ¡Damas y caballeros! ¡Pronto daremos por concluido este increíble espectáculo! Pero antes, el combate más esperado… ¡La gran final! Ninguno querrá perder habiendo llegado tan lejos. En cuanto llegue el Gran Tánades, empezaremos con el espectáculo culminante…

Mientras hablaba, una niebla negra rodeó el escenario. Esas nubes oscuras hicieron entrar en la penumbra el estadio entero. Lentamente, la niebla se desvaneció y todo volvió a la normalidad. Esta vez, Tánades estaba con la cabeza bien alta en el ring.

- ¿Ha sido esta aturdidora niebla, obra del gran sabio? – preguntaba el comentarista Sin duda es un excelente inicio de un combate muy, pero que muy prometedor. Como todos sabemos, a la izquierda, el pícaro Mermes, que con su ingenio y su audacia, ha llegado a la gran final. En el lado opuesto, el tenebroso sabio que ha dado muerte a Talicón y ha vencido con crueldad al mago Nervo… ¡Y ahora, sin más preámbulos… que empiece la gran final!

El épico combate ya había empezado. No obstante, el sabio no estaba preparando una ofensiva ni nada por estilo, si no que empezó a enfurecer a Mermes.

- Qué lástima que haya sobrevivido ese estúpido amigo tuyo…

- Cállate Tánades. Eres despreciable.

- No deberías hablarme así. Igual te arrepientes de estas palabras cuando me supliques de rodillas que no te mate. Como lo hacía tu amiguito…

- Basta de cháchara escoria. ¡Prueba esto!

El joven, poseído por la furia inculcada por ése auténtico maestro de la oratoria provocativa, se abalanzó hacia el sabio con la Espada de Luz. Tánades sonrió y se quitó el anillo del dedo corazón. Éste, sobre un fondo de color violeta, tenía grabados dos hojas de color rojo

Antes de que Mermes pudiera alcanzarle, se situó, gracias a su truco de los círculos en el suelo, en medio del cuadrilátero.

- ¡No huyas cobarde! – gritó Mermes.

- Confiarle la Espada de la Luz a un mocoso como éste… Hécates, qué bajo has caído. Sabrás, imbécil, – dirigiéndose ahora a su contrincante – que la espada que llevas tiene unos poderes devastadores sobre mi persona… Como no creo que vaya a dejarla por las buenas, tendré, más bien dicho, tendrán, que quitártela por las malas.

El sabio rompió el anillo con los dientes. Del interior sacó algo parecido a un pistacho. La cáscara era lila, y dentro brillaba una simiente de color rojo intenso.

- ¿¡Eso es una semilla de Qélipat!? – gritó Eóleas. – Este hombre tiene más ases que mangas…

El sabio dejó caer la semilla al suelo y pronunció:

- ¡Elumbra Sephirot Arborem!

Todo el escenario quedó tremendamente asombrado. Este hombre conocía una inmensidad de conjuros y técnicas con las que el público quedaba constantemente anonado.

- ¡Increíble! Un… ¡un árbol siniestro ha surgido instantáneamente de una pequeña semilla! ¡Es maravilloso! Las hojas de color rojo desprenden un extraño brillo y esas ramas… parecen…

- Adelante, amiguito: Quítale la espada.

Lo que parecían ramas del árbol empezaron a alargarse rápidamente. Los tentáculos se dirigieron hacia Mermes, el cual no pudo evitar que las ramas le agarraran por el brazo. Pronto consiguieron arrebatarle la espada y, en cuanto la tuvieron en su poder, la clavaron en el suelo. La Espada de la Luz perdió inmediatamente su brillo y quedó inservible.

- Te ha gustado mi arbolito, ¿escoria humana? – insinuaba el sabio.

- Puedo vencerte con mis propias armas. – replicó el bribón.

- Y yo con las mías… ¡Elumbra Aegyptia Ventus!

Tánades parecía tener un poder mágico infinito. Sus conjuros no cesaban y siempre era él quien llevaba la voz cantante. Esta vez, con la última de sus técnicas, una fortísimo viento aciago arremetía vorazmente contra Mermes.

La copa parecía que podría salir volando en cualquier momento. El público al que el ladrón daba la espalda se agarró a las sillas por miedo a salir volando. Mermes hacía lo imposible para mantenerse en pie, pues si salía disparado podría caer fuera del ring.

En el momento cumbre del conjuro, el bribón cayó al suelo y el viento le arrastró con eficacia.

- Mermes, ¡Usa la técnica de escalar! –gritó una voz conocida desde el túnel.

El joven mago, recuperado, recordó lo que les ocurrió hacía un par de semanas en el mercado. Mientras Nervo distraía al mercader haciendo alusión a lo interesante que era su gamma de relojes de arena, Mermes robaba una daga para su arsenal. Desgraciadamente, el vendedor descubrió a nuestro amigo el pícaro, y tanto él como el mago, salieron disparados en direcciones opuestas. El mercader no lo dudó dos veces y persiguió al bribón. El ladrón sabía por dónde tenía que huir pero unos hombres le cortaron el paso y tuvo que improvisar una huida. No obstante, acabó acorralado en un callejón sin salida. Visto en verdaderos aprietos, sacó su vieja daga y la clavó en la pared de yeso. Desenfundó también la daga recién hurtada y la clavó un poco más arriba. Entre puñalada y puñalada, el joven ya estaba a varios metros del suelo, y el mercader probó de tirarle, sin éxito, piedras. En cuanto Mermes llegó al techo, se bajó los pantalones y le enseñó el culo al mercader.

Volviendo a la batalla, el joven apuesto sacó uno de sus cuchillos arrojadizos y los clavó al suelo. Con un nuevo punto de agarre, se salvó por un par de metros de caer fuera de los límites.

- ¡Otra increíble muestra de ingenio! – gritaba, eufórica, el comentarista. – Mermes se ha salvado por los pelos de esta brutal ráfaga de viento.

El poderoso Elumbra Aegyptia Ventus cesó, y Mermes pudo levantarse del suelo.

- Deberías haber aprovechado la oportunidad que te he dado. –poniendo inicio a su arrogante discurso. Al fin y al cabo, si te hubieras caído del ring, hubieras salvado tu vida. Lástima, no tendrás otra oportunidad.

Mermes, ni corto ni perezoso, arrojó el puñal, rajando el viento a una enorme velocidad. El cuchillo surcó el aire a tal velocidad que Tánades no pudo hacer nada para evitarlo.

- ¿Sorprendido, gran sabio? – sonreía, felicísimo, el joven bribón.

Tánades había recibido una puñalada a distancia en pleno torso. El sabio se hizo un apaño arrancando un trozo del manto con el que se cubría el cuello y contuvo la hemorragia.

- Ya no tienes escapatoria. Vas a morir… ¡Elumbra Nipulus!

El sabio volvía al ataque. Su sombra dejó de ser un simple reflejo y cobró vida propia. Convertida en una circunferencia, poseyó la sombra de Mermes. Incapaces de entender lo que estaba pasando, los asistentes quedaron totalmente asombrados cuando esa nueva sombra se irguió, dando lugar a una ser oscuro pastado a Mermes. Aunque no se le distinguían muy bien los rasgos faciales, aquellos ojos brillantes de color rojo, del mismo color que las hojas del árbol, imponían mucho respeto.

- ¿Te gusta tu nuevo amigo? – se burlaba el sabio – Él te entretendrá mientras yo elaboro tu muerte.

La sombra cerró las palmas de las manos con fuerza. Sus puños se vieron rodeados por esas siniestras llamas negras y propinó un puñetazo a Mermes, que había bajado la guardia.

Mermes sacó su daga y empezó a combatir contra su sombra. Al otro lado del escenario, Tánades levantaba el brazo derecho:

- Elumbra sfera… - pronunció en voz baja.

De su palma abierta, brotó una pequeña pelota envuelta en el siniestro fuego oscuro, alimentada por su poder. En cuestión de poco menos de un minuto, aquella bolita había cogido una envergadura de dos metros de diámetro. Mermes se batía con su sombra, pero ésta conseguía esquivar todo el rato sus golpes.

El sabio oscuro dejó levitando esa descomunal esfera. Se curaba la brecha que le había causado el cuchillazo y se dolía de la herida abdominal que Nervo le había provocado. Mientras tanto, de esa enorme esfera se desprendía finos rayos y pequeñas bolas ígneas que dificultaban la tarea de Mermes.

Uno de estos rayos le alcanzó en la costilla. Adolorido y enfurecido, desató su rabia y consiguió propinarle un buen corte a la sombra, que se partió por la mitad. Mermes se encargó entonces de esquivar los peligrosos rayos que salían despedidos de la gigante esfera. Entre tanto, la sombra se había erguido de nuevo totalmente restaurada. Con el tiempo, la levitante bola había menguado, y ya sólo quedaba una reducida bola del tamaño de una pelota de básquet.

Una pequeña esfera impactó en el brazo de nuestro amigo, momento que su sombra aprovechó para pegarle un puñetazo en toda la cara. Mermes quedó tendido en el suelo, indefenso. La sombra convirtió su brazo en una lanza y el asta estaba rodeada, igual que su mano, por aciagas llamas. Hondeó la pica en el aire, y justo cuando iba a ejecutar al pícaro, un potente rayo atravesó el pecho de la sombra, la cual se deshizo definitivamente.

-¿Crees que iba a darle el privilegio de matarte a tu sombra? – preguntó retóricamente el sabio. – No has sufrido bastante todavía.

Mermes se incorporó y desenvainó la daga. Le quedaban todavía seis de sus cuchillos en el cinto, pero su enemigo estaba demasiado lejos como para poder ser alcanzado. Antes de que el ladrón pudiera atacar, Tánades volvió a las andadas:

- ¡Elumbra Bublis! – exclamó el incansable sabio, mostrando la palma al ladrón.

Una enorme burbuja tintada de lila, en cuyo interior había un núcleo de color rojo intenso que brillaba intermitentemente, se abalanzó sobre Mermes. El pícaro, que empezaba a estar exhausto, saltó con todas sus fuerzas.

- ¡Chúpate ésa, Tánades! –gritó Nofesto.

El sabio de la oscuridad sonrió y levantó el brazo. En consecuencia, la burbuja intermitente corrigió su rumbo y persiguió a Mermes en su salto. El conjuro alcanzó al bribón y éste quedo suspendido en aire, atrapado en la enorme burbuja.

- ¡No lo hagas, Tánades, vas a matarle! – gritó histérico Hécates.

- Observad y aprended, ilusos. –replicó el sabio negro.

La palma que tenía cara al firmamento se cerró. Acto seguido, la burbuja estalló en lo alto del cielo. Tendido quedó en el suelo el malherido cuerpo de Mermes: La última llama de esperanza se tambaleaba.

- Te he avisado. Antes de matarte, te reconoceré algo: Has sido un buen rival. Estoy tan generoso que voy a premiarte: te daré una muerte instantánea. – decía mientras se acercaba a su enemigo.

Mermes estaba de rodillas, intentando levantarse. El malvado sabio señaló la frente del indefenso bribón.

- Reza tus últimas plegarias muchacho…

- ¡No! ¡Detente! – exclamó Nervo, llorando de rabia.

- ¡Elumbra… fulsi! –sentenció Tánades.

El silencio se apoderó de todo el coliseo. Los muchos espectadores que habían cerrado los ojos los empezaron a abrir lentamente, asustados. Los que lo habían visto todo, todavía estaban perplejos.

- ¿Qué ha ocurrido, tío? – preguntó un hombre a su amigo.

- No lo entiendo. ¿No iba a matarle? – le contestó.

Los tres sabios se habían dado cuenta de lo ocurrido. Esta vez, Mermes había sido muy afortunado.

- No sonrías tanto. – dijo el sabio, pegándole una patada devastadora – Puede que me haya quedado sin magia, pero esto no cambia tu destino. Los frutos del árbol Sephirot tienen la capacidad de restaurar el poder mágico.

El misterioso árbol que surgía de en medio del ring había estado creciendo desde su engendración. Ahora, un tronco de varios metros de radio se alzaba con una maravillosa copa de hojas rojas. Mermes tenía la rodilla hincada en el suelo, recuperándose de la paliza. El sabio brincó y cogió de una rama, uno de aquellos frutos con poderes.

El ingenioso ladrón, sin darse por vencido, se colocó los seis cuchillos entre los dedos. Cerró los ojos y pensó en todo lo que se jugaba en aquel lanzamiento. Por su mente pasaron las imágenes del día que conoció a Nervo, la noche que conoció a la princesa en la calle de la Ambición, el entrenamiento en el monte Quietis, los combates que había librado contra Sir Ródric y Felín…

- La Espada de la Luz… - susurró Eóleas – ¿Soy yo, o está recuperando su poder?

- Eso estoy intentando. –susurró Hécates. - Tengo un buen presentimiento.

- ¡Toma esto, Tánades! –gritó el joven Mermes.

Seis cuchillos, desprendidos de las manos del pícaro, rasgaron el aire. Antes de que pudiera morder el fruto, los cuchillos alcanzaron al sabio. Todos los allí presentes enmudecieron. La fortuna le había dado un suspiro a Mermes, pero éste tuvo una de cal y otra de arena.

- Bien probado, escoria. Clavar unos cuantos cuchillos en mi querido Sephirot y uno me ha arrebatado el fruto. No está mal, sí señor. Pero no es suficiente para acabar conmigo. Ahora, daremos fin a tanta tontería y morirás.

Tánades quiso dar un paso hacia delante, no obstante, algo se lo impedía. Entonces se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Cinco cuchillos habían clavado las mangas de la túnica, la capa y el manto al tronco del Sephirot. El fruto había sido alcanzado por un cuchillo antes de que sabio pudiera recuperar su poder mágico. Tánades, totalmente inmovilizado e incapaz de pronunciar un conjuro con éxito, se encontraba por primera vez en serios apuros.

- ¡Coge la espada Mermes! –chilló con todas sus fuerzas su amigo el mago.

El mutilado se arrastró hasta el improvisado pedestal que los tentáculos del árbol habían formado. Con todas sus fuerzas, arrancó el arma del suelo y se dirigió corriendo como pudo hacia su enemigo.

- ¡No! ¡No lo hagas! ¡Detente! – gritó el sabio, desesperado, que se encontraba entre la espada y el árbol.

- Demasiado tarde, Tánades. – dijo en voz baja Hécates.

La Espada de la Luz se clavó también en el árbol. Pero esta vez, entre Mermes y el Sephirot, suspiraba por última vez, el cuerpo de Tánades.

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