II
Los elegidos
El entrenamiento en el monte Quietis
Las monedas se reparten en justas raciones,
sus mentes ya son vicios, placeres, diversiones:
Decía siempre un clérigo en su soberbio cantar,
que mucho hace el dinero y mucho se ha de amar.
El rey todo lo sabe, se lo ha dicho un bocazas,
y a todo ve peligros, a todo ve amenazas.
¿Qué hace mi retoño, de noche por las calles?
Respondedme, mis sabios, con todos los detalles.
- Trato hecho. – decía Martes – 150 monedas por cuchillo y no me regatees más.
Mermes, tras la venta que había protagonizado el día anterior, disfrutaba del bullicio del mercado con su monedero bien rebosante. Aprovechando que disponía de abundante crédito, el bribón había pensado que sería buena idea hacerse con un arsenal un poco más extenso; de modo que su daga contaba ahora con ocho afilados cuchillos de poco peso, ideales para ser precisamente lanzados.
- ¿Y ese libro de ahí de qué trata? – siguió preguntando Mermes
- Se titula “El elemento del viento: Ese gran desconocido” dijo el vendedor, descolocado por la pregunta. - 1000 monedas y será tuyo.
Mermes aceptó el trato sin regatear porque hacía tres días había sido el cumpleaños de Nervo y no pudo regalarle nada. El aprendiz de mago, que estaba en la academia en ese momento, le había comentado que él estudiaba magia elemental. De modo opuesto a lo que Mermes pensaba, no significaba que era de nivel primario, (que también) sino que con ello, pretendía dominar los conjuros que invocaban los tres elementos básicos: el fuego, el rayo y el viento.
El apuesto ladrón había intentado realizar alguno de los conjuros que había visto usar a Nervo, y aunque se sabía los encantamientos, siempre salía frustrado.
Así pues, recorrió el camino de vuelta a casa intentando invocar el rayo que le fascinó la noche anterior, evidentemente, con el resultado habitual.
- ¡Elfulsi! ¡Elfulsi! – gritaba mientras buscaba la llave.
- ¿No sabes que sin conocimientos esotéricos no te saldrá nunca?
Extrañado por esa voz proveniente del interior, Mermes abrió la puerta con cuidado. Se suponía que Nervo estaba en clase y nadie más tenía la llave… ¿Entonces, quién podía ser?
Subido al piso de arriba y hojeando las páginas de un libro había una figura humana no muy corpulenta, cubierta con unos ropajes blancos que ya había visto en otra ocasión. Levantó los ojos del libro y con su dedo índice señaló la portada.
- Esto es mío. Me lo llevo.
- ¿Gran Hécates? ¿Cómo ha entrado?
- De verdad crees que una puerta es suficiente para el Gran Hécates? Por favor, no seas ridículo y dirígete a mí con menos modales. Creo que el chico que vive contigo aquí te ha educado muy bien.
- ¿Nervo? ¿Le conoce?
- Alguien capaz de infestar una casa con tantas piedras lumínicas se merece un respeto. Por el libro que traes, estudia elementales… interesante.
- Y bueno, ¿ha venido a llevarse el libro y ya está?
- Oh, no, que va… Verás, tengo problemas. Como sabrás, soy uno de los sabios de la corte y el mentor de su majestad, la princesa Arlena. Considerado el mejor mago blanco de Yorkshire, es mi obligación amaestrar a la joven monarca en las magias blancas y en la curación de las heridas.
-
- ¿Y el problema está en…? – interrumpió Mermes que no veía donde quería llegar el sabio.
- En que la princesa acude por las noches a hogares cuyos residentes necesitan que sus heridas sean sanadas. Yo, no solo lo he consentido, si no que he ayudado a su majestad con mis jugos de cambio. Un siervo del castillo que nos oyó hablar se lo ha dicho al rey… y he sido amonestado.
- ¿Y que pinto yo en todo esto?
- ¡Ya estoy aquí Mermes! – dijo Nervo mientras abría la puerta – No te vas a creer cuando… - ¡Gran Hécates! – se apresuró a hincar la rodilla - ¿A qué debemos este honor?
- Tú debes ser Nervo. Puedes hablarme con menos respeto tú también. Al fin y al cabo, has realizado un trabajo excelente con mis piedras solares.
Nervo, como siempre que recibía una noticia chocante, se puso a temblar de emoción. Hécates repitió el discurso que había ensayado con Mermes y con gran maestría, continuó:
- El rey me ha ordenado buscar un guardaespaldas que tenga cuidado de la princesa en mi ausencia. Para ello, y consultándolo con los tres otros sabios, hemos decidido organizar un torneo entre los ocho mejores candidatos del reino. La princesa me habló muy bien de ti, así que estoy aquí para entregarte su carta de participación. Por lo que a mí respecta, el candidato que yo elijo es Nervo.
El aprendiz de mago y el valiente haragán recibieron las cartas de la mano del sabio, y al mismo tiempo que se subía la capucha se despidió:
- El torneo es en siete días. Entrenad intensamente y procurar hacernos quedar en buen lugar a la princesa y a mí. Yo he apostado por la magia y la inteligencia de Nervo, de modo que lleva esto el día del torneo.
El sabio le colocó en el cuello un colgante que reflejaba la luz como un espejo y salió por la puerta por la que quizás, y sólo quizás, había entrado.
Los dos jóvenes se abrazaron emocionados. Uno contaba con el respaldo y simpatía del sabio Hécates y de sus ojos brotaban auténticas lágrimas de felicidad. El otro era consciente de que era el candidato elegido por la princesa, la misma que le había robado el corazón la noche anterior… Un ladrón robado. ¿Qué irónico, no?
Para el entrenamiento que acababa de empezar, la pareja de amigos preparó las provisiones y herramientas necesarias para entrenar, pero en vez de hacerlo en el sótano, se fueron al monte Quietis.
La paz y el silencio de la montaña eran ideales para su entrenamiento. T
Tal y como ponía en la carta que les dio el sabio, podías ser descalificado por inconsciencia o muerte, rendición o caída del cuadrilátero. Bien conscientes del peligro que suponía participar en un combate a muerte, aprovecharon al máximo los días y las noches.
* * *
- Excelentes rubíes, sabio Nofesto. – decía el zugal alado. - ¿Cómo vas a pagarme?
- Uno por participar y uno por cada victoria. Aspiras, entonces, a cuatro de estas gemas.
- Está bien, lo acepto. Ya me puedes dar una.
Nofesto le dio el rubí más pequeño al zugal y éste, tan feliz, cogió la carta de participación.
- Un placer hacer tratos con cuervos – dijo el contratista.
- Un placer hacer tratos con humanos. – repitió el contratado.
El zugal desplegó las alas, corrió unos metros y se tiró por el precipicio. El sabio del fuego, que respondía por el nombre de Nofesto, se apresuró para contemplar la caída. El mitad humano mitad bestia, mezcla conocida en el mundo por zugal, se desvaneció entre las nubes. A los pocos segundos, un chillido rompió el silencio de las montañas en mil añicos, y de entre las silenciosas nubes irrumpió un pájaro negro: un cuervo de considerable tamaño.
- ¡Agárrese a mis espolones, gran sabio! – gritó la gigantesca ave. – ¡Le bajaré hasta la falda!
Y entre sierras y picos, el sabio descendió de los cielos con la carta de participación entregada y con la esperanza de quedar en buen lugar en el gran torneo.
* * *
- ¿Tú que harás con tu carta? – Preguntó el rey Jamus – Creo que yo, para aumentar la popularidad de
- Yo sé la daré al pueblo. Hoy abriré unas elecciones y mañana le haré llegar la carta al ganador.
- Qué mujer más lista tengo… - decía mientras le acariciaba el cuello con sus labios. - ¡Pan y circo!
Entró en ese momento Eóleas en la sala donde los reyes jugueteaban. Su capa verde, tan suya y tan elegante, se movía como siempre sin que hubiera corriente de aire. La presencia de uno de los sabios alertó al rey Jamus.
- ¿Ocurre algo, noble Eóleas?
- Mi rey, – dijo hincando la rodilla – solicito un barco para ir a Felidaes.
- ¿Te has vuelto loco? No hay muchos humanos que sobrevivan en la isla de las bestias.
- Durante
- Está bien, haz lo que quieras. –dijo nervioso el rey, a quién estaban fastidiando su relación carnal con la reina. - ¡pero llévate a unos cuantos soldados por si esas bestias inmundas tienen hambre!
- Sabré defenderme solo… muchas gracias por su consentimiento.
En cuanto el sabio abandonó el lugar, el rey seduzco a la reina de nuevo con sus besos. La monarca se dejó llevar y en momento en que le devolvía las carantoñas a Jamus, sonó de nuevo la puerta.
- Mi señor, he decidido que mi carta de participación será cedida a mi hijo, que creo que puede desempeñar un buen papel en…
- ¡Me importa una mierda lo que hagas, Ridares! – dijo mientras lanzaba un potente rayo a la puerta. -¡Largo!
El capitán del ejército, Ridares, huyó atemorizado por el agresivo comportamiento del rey. Mientras tanto, en los muelles, Eóleas daba órdenes a los marineros para zarpar en diez minutos hacia la isla de Felidaes.
- Lo siento, gran Eóleas, pero no podemos zarpar con este viento en el viento en contra. –dijo el capitán de la embarcación.
- Pues me voy yo solo – sentenció mientras arrebataba la carta náutica a un marinero. – Que lo preparen para zarpar y se baje todo el mundo.
Advirtieron al sabio de la locura que estaba cometiendo, pero aún así prepararon las velas y el rumbo y salieron del barco.
- ¡Como le decía, con este viento en contra no va a poder salir del puerto!
- ¡Déjame probar una cosa… -dijo el sabio mientras se concentraba. -¡Elbóreas ventus!
De repente, la dirección del viento cambió por completo, las banderas con el escudo real azotaban ahora el cielo con agresividad y, bruscamente, el barco zarpó hacía el sur.
- ¡Hasta pronto, inútiles! –gritó el sabio, haciéndose cada vez más pequeño en el inmenso océano.
* * *
Despertaba el día y a su albor primero, cientos de ciudadanos tomaban sitio en el coliseo donde tendría lugar el gran espectáculo.
El evento había sido el monotema de aquellos días y los rumores sobre los participantes del torneo podían oírse a todas horas. El único aspirante que se conocía era Talicón, el profesor de artes marciales que había sido elegido democráticamente por la gracia de la reina.
Mermes y Nervo habían sido convocados una hora antes que los asistentes para conservar el secretismo hasta el último instante. Salió el comentarista a la arena y explicó el motivo del torneo y nombró a los aspirantes. Ya no había marcha atrás: Era el momento de comprobar si la preparación mental y física de los dos amigos había sido un éxito.